La vida se abre paso a través de mis manos

Viernes, 3 de julio de 2020

Vivimos tiempos convulsos en estos días, tiempos de pandemia, y un nuevo virus ha puesto patas arriba nuestro mundo. Este virus, llamado SARS-CoV-2, cuya enfermedad se conoce como COVID-19, nos ha robado caricias, besos, amor y nos ha dado distancia, aislamiento y sobre todo ha creado un nuevo virus de nombre MIEDO. Ambos virus cabalgan a la par inevitablemente y están muy presentes todos los días entre los profesionales sanitarios.

A menudo oímos que nuestros hospitales están viviendo “tiempos de guerra”. Nuestra guerra es diferente a la que vivieron nuestros abuelos. Su enemigo era visible, el nuestro por desgracia es invisible, no lo vemos, pero sabemos que es altamente contagioso. Ellos se defendieron con armas, nosotros a través de escudos mágicos de nombre “EPI” (equipos de protección individual) y como espada, el “lavado de manos”. Para utilizar correctamente nuestras armas se han elaborado protocolos y procedimientos, empapelamos las paredes de nuestras unidades con pósteres de colocación y retirada de EPI y si no disponemos de ellos, elaboramos nuestros propios equipos de protección individual, realizamos check-list entre nosotros, utilizamos espejos, etc.

A pesar de todo esto llevo ocho días en cuarentena, manteniendo mi aislamiento individual con respecto a mi familia, tras mi reciente exposición de alto riesgo a la COVID-19. Se considera exposición de alto riesgo cuando el profesional no lleva el equipo de protección adecuado, o bien en caso de haber llevado a cabo procedimientos que generen aerosoles como aspiración del tracto respiratorio (intubación, broncoscopia), maniobras de reanimación, tiempo de exposición de más de 15 minutos a menos de dos metros de distancia, o bien por trabajar en un servicio donde se efectúe actividad asistencial (hematología, UCI, oncología o unidades de quemados).

¿Por qué tuve esa exposición? Vivir un acontecimiento único en la vida como es el nacimiento de un hijo o hija en tiempos de pandemia es difícil tanto para las madres y los padres como para los profesionales, y este virus ha obligado a los hospitales a reorganizarse y definir nuevos protocolos de actuación a contrarreloj. En el caso del parto, la mezcla del miedo y la escasa información sobre cómo afecta la COVID-19 a las mujeres embarazadas y a sus bebés hace que las recomendaciones cambien día a día. Estos cambios generan incertidumbre entre los progenitores y los profesionales que les atendemos. La COVID-19 llegó tarde a mi paritorio, imagino que como en otros centros, cuando la incidencia comenzó a aumentar, el virus del miedo creció a la par. Ante esa situación se decidió que era preciso limitar al mínimo el número de profesionales que entraban en cada paritorio, preferiblemente la misma matrona, siempre con los EPI enfundados cada vez que se accede a una habitación, que suele ser frecuentemente.

A finales de marzo se estableció un nuevo protocolo de actuación, testar a todas las mujeres gestantes que ingresasen en el paritorio con clínica o compatible con infección por COVID-19. Esta situación nos llevó a tener un paritorio lleno de mujeres potencialmente infectadas hasta obtener el resultado del test (PCR) y con estancias muy prolongadas, ya que no disponemos de test rápidos. Todo ello propició un escenario complejo para los profesionales, pero beneficioso para las parejas y sus recién nacidos puesto que el propósito de testar a estas mujeres al inicio del trabajo de parto era principalmente no tener que separar a las madres con COVID-19 de sus bebés. Para ello se dispone de habitaciones individuales donde van a estar los progenitores con sus bebés aislados.

Así comenzamos la guardia del último sábado de marzo, distribuyendo los puestos de la guardia al comienzo de la misma, a mí me tocó estar en la Urgencia Obstétrica. Debido a la poca carga asistencial en ese momento decidí completar mi trabajo dando apoyo a mis compañeras dentro del paritorio, que en ese momento estaba lleno de mujeres con trabajo de parto, donde parte de ellas ya tenían un test confirmado y otra parte estaban pendientes de resultados. La mañana transcurría entre entradas y salidas continuas a los paritorios con su correspondiente puesta y retirada de equipos de protección individual, no exenta de complejidad y dedicación.

El trabajo de parto es un proceso dinámico, con continuos cambios, donde el escenario puede variar minuto a minuto. Sobre las 12:00 h, una compañera (TCAE) grita mi nombre: “Ana, Ana, corre, corre”. Ante ese grito de desesperación y angustia no dudo en correr hacia el paritorio-8. Entro con la protección que llevaba en ese momento (mascarilla quirúrgica y bata no impermeable) y no me pongo a pensar si la mamá que se encuentra en ese paritorio es COVID-19 o no, simplemente corro y entro. Cuando abro la puerta encuentro a mi compañera sujetando las piernas de la mamá flexionadas y la cabecita del bebé fuera de la vagina de su madre. Ante ese bebé que me miraba con ojitos de “no lo estoy pasando bien”, que quedaba reflejado en el color de su piel morada, yo solo pensaba que teníamos que sacarlo lo antes posible y con la mayor seguridad. Intento coger su cabecita con un empapador que había en la cama, pero no salía, y el tiempo en esas situaciones pasa muy despacio. De nuevo intento sacar su cabecita, cada vez más morada con una sábana, pero es imposible. No lo dudé, simplemente actué, lo saqué con mis manos y lo puse encima de su madre, piel con piel. Por suerte, el susto había pasado y ambos estaban bien. Inmediatamente después, entró una compañera adecuadamente vestida con el EPI y me recordó: “Ana, esta mamá es COVID-19”, y mi respuesta fue “el bebé está bien, la mamá está bien, todo está bien”.

Está claro que la vida se abre paso en tiempos de pandemia, no espera, no entiende de EPI, de aislamiento, de protocolos de actuación. Llevo ocho días en cuarentena en casa, manteniendo aislamiento individual, pendiente de realización de un test PCR para confirmar si me he contagiado de COVID-19 y durante todos estos días de confinamiento he reflexionado y he reevaluado mi actuación continuamente. ¿Lo hice bien? Seguramente no, debería haber entrado con el equipo de protección individual correcto, pero el grito de mi compañera me estaba diciendo que algo no iba bien, que era una situación de emergencia y que tenía que actuar con urgencia.

Cuando comenzamos nuestra formación lo hacemos con mucha ilusión y muchos deseos de ayudar a los demás, de curar y de salvar vidas. Nadie nos prepara para situaciones como la que estamos viviendo en estos momentos.

¿Lo volvería hacer? Si la situación fuese la misma o similar creo que sí, ya que estaba en juego la vida de un nuevo ser humano. ¡Qué hay más importante que eso!

En mi misma situación ¿qué hubierais hecho vosotras y vosotros?

“Prefiero diez veces morir en el mar, nadando hacia un nuevo mundo, que quedarme quieta en la playa con los brazos cruzados”

Florence Nightingale

Hernández López AB. La vida se abre paso a través de mis manos. Metas Enferm may 2020; 23(4):79-80

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