“Se ha puesto en evidencia la vulnerabilidad y fragilidad humana y, en ese sentido, hay una toma de consciencia de la necesidad de cuidarse y de cuidar a los demás”

Lunes, 16 de agosto de 2021

Manuel Moreno es enfermero y antropólogo. Tras publicar, entre otros, Enfermería cultural. Una mirada antropológica del cuidado, ha escrito Transculturalidad, género y salud. Manual de enfermería cultural, una obra en la que aborda “los factores socioculturales del proceso salud/enfermedad/atención”. Nos atiende para hablar del libro, de la relación entre la enfermería y la antropología y de cómo ha cambiado la pandemia de COVID-19 el paradigma de los cuidados.

Pregunta: Háblenos de Transculturalidad, género y salud. Manual de enfermería cultural. ¿Qué se van a encontrar los lectores?

Respuesta: El libro tiene un enfoque eminentemente didáctico con una orientación hacia la práctica, de ahí el subtítulo de Manual de enfermería cultural. Consta de seis capítulos que hacen un recorrido por las grandes problemáticas de salud, del cuidado y de la profesión enfermera.

El lector tendrá, a modo de introducción, una síntesis de los conceptos básicos de la antropología cultural aplicados al campo de la salud. En los capítulos centrales se desarrollan temáticas y problemáticas de salud tales como los riesgos de la modernidad, las adicciones, los trastornos de la corporalidad y de la alimentación; también se contemplan los problemas de salud asociados a la vulnerabilidad humana: pobreza, migraciones, dependencia, vejez, duelo y muerte. El último capítulo plantea las necesidades de cambio profesional para situar los aspectos socioculturales en el centro de los proyectos de cuidados.

El libro contiene al final de cada capítulo algunos ejercicios prácticos. Dispone de un glosario de aquellos términos que pueden tener un interés complementario. El lector encontrará también, al final, un test de conocimientos que podrá servirle de revisión de los elementos más importantes desarrollados en el texto.

P.: ¿Cómo se decidió a escribirlo? ¿Cuál ha sido su objetivo con esta obra?

R.: En los sistemas sanitarios es necesario armonizar tecnología y humanización. Sin embargo, hoy la prioridad es hacia lo tecnológico y lo curativo, marginándose los enfoques socioculturales del proceso salud/enfermedad y también desatendiendo la prevención. Todos los recursos se centran en el hospital en detrimento de la Atención Primaria: es un modelo “hospitalocentrista”.

Este modelo ha calado en la educación. Así, la prioridad en las enseñanzas sanitarias va hacía lo biológico y de forma secundaria hacía lo psicológico; en la enseñanza las perspectivas socioculturales quedan relegadas a meros adornos. Esto es particularmente importante en enfermería. De ahí el interés, en mi doble condición de enfermero y antropólogo, de contribuir a la unión entre las ciencias y las humanidades y, más concretamente, tender un puente entre las dos disciplinas: enfermería y antropología.

P.: ¿Cómo fue el proceso de investigación para la elaboración del libro? ¿Qué se ha encontrado durante el proceso previo a la redacción?

R.: Llevo muchos años trabajando esta materia, no solo como docente sino también desde la perspectiva de la investigación, y frutos de ellos son las múltiples publicaciones que he llevado a cabo, en las que, además de la obra actual, cabe destacar el libo Enfermería cultural. Una mirada antropológica del cuidado (Garceta, 2018).

He podido constatar en mi experiencia docente que a los estudiantes les gusta cuidar pero no lo valoran suficientemente. Solo consideran importante aquellos cuidados que llevan asociadas prácticas de carácter tecnológico: fonendo, pinzas, catéteres, etc. Después de tantos años de Enfermería en la universidad, de planteamientos docentes de carácter holístico, hay que reconocer que aún queda mucho por hacer para que los alumnos reconozcan el valor del cuidado como centro de la profesión. En algo estamos fallando.

Por eso, en este caso, he querido hacer un libro que de forma sintética y, sobretodo, práctica, permita a profesores y estudiantes de Enfermería (así como a cualquier estudioso del campo de la salud y de lo social, enfermeras principalmente) comprender los factores socioculturales del proceso salud/enfermedad/atención.

P.: ¿Qué importancia tiene tener en cuenta el punto de vista cultural, antropológico, a la hora de proporcionar cuidados?

R.: Como afirman numerosos estudios, por ejemplo, la Encuesta Europea de Salud. España (INE, 2020), los problemas de salud de la población tienen una etiología de carácter mayoritariamente sociocultural. Es el tipo de sociedad el que genera unos estilos de vida que, a su vez, repercuten en la salud. Los problemas de los que hablaba al inicio de la entrevista solo pueden solucionarse mediante planteamientos de cuidados que tengan en cuenta el punto de vista del paciente. Es necesario superar el paternalismo del “todo por el paciente pero sin el paciente”. Es lo que en antropología denominamos ola perspectiva emic. El paciente debe estar en el centro de todo proyecto de cuidados.

P.: ¿Cómo se puede aplicar dicha perspectiva?

R.: Es fundamental que las enfermeras, también estudiantes y profesores, tengan no solo el conocimiento teórico sobre la tridimensionalidad humana (biológica, psicológica y social) sino también la voluntad de integrar dicho conocimiento en la práctica cuidadora. Esto será posible en la medida en que planteen cuidados que tengan en cuenta el contexto sociocultural del paciente.

Todo proyecto de cuidados debe partir de la pregunta inicial de “¿qué le pasa a nuestro paciente?” Para seguidamente hacerse otras preguntas relevantes, como “¿quién es el paciente al que vamos a cuidar? ¿Es hombre o mujer?”, (hoy debemos superar el binarismo de género y contemplar también a las personas trans). “¿En qué etapa de su vida se encuentra? ¿Es niño, adolescente, adulto, anciano?”, pues no se cuida igual a un hombre que a una mujer, ni a un niño que a un anciano.

Finalmente, estos datos tienen que conectarse con la situación social del paciente: origen, trabajo, vivienda, recursos, etc. Si damos el alta a un anciano sin tener en cuenta los apoyos y recursos de que dispone en su entorno, podemos encontrarnos con una agravación de su problema. Si aseamos a un paciente encamado es importante conocer su sentido del pudor, por ejemplo. Si un paciente inmigrante rechaza la comida del hospital hay que analizar si lo hace por motivos culturales o, simplemente, porque no le gusta la comida o está inapetente.

P.: ¿Cómo ha cambiado, en este sentido, la pandemia el paradigma de cuidados enfermeros?

R.: La pandemia ha coincidido con la campaña del Nursing Now y ha evidenciado, entre otras cosas, la insustituible aportación de la profesión enfermera. Se ha puesto en evidencia la vulnerabilidad y fragilidad humana y, en ese sentido, hay una toma de consciencia de la necesidad de cuidarse y de cuidar a los demás; las acciones cuidadoras se conciben hoy centrales para el ser humano: son un valor y, a la vez, una obligación social. En ese sentido, la pandemia ha contribuido a que hoy el cuidado sea un valor al alza, lo cual, de rebote, beneficia a la profesión en cuyo centro está el cuidado. Nunca los medios de comunicación dieron tanta relevancia y protagonismo a las enfermeras y la sociedad va conociendo, integrando, valorando y reconociendo lo que hacen. La imagen social de la enfermería está cambiando.

Esto conlleva, en contrapartida, la gran responsabilidad de estar a la altura de estas expectativas y demandas: asumamos el reto y estemos del lado de la oportunidad.

P.: Según su punto de vista, ¿ha ayudado aplicar la perspectiva cultural o antropológica, tanto a pacientes como a los propios profesionales, durante la crisis de la COVID-19?

R.: Desgraciadamente, la pandemia ha afectado gravemente a la relación entre profesionales y pacientes: ha prevalecido la distancia. El problema es que medidas que se tomaron con carácter provisional por la coyuntura pandémica corren el riesgo de convertirse en permanentes, es decir, que lo excepcional se transforme en norma.

Hay toda una industria detrás, Internet, big data, inteligencia artificial, etc., que empuja en ese sentido. Sin embargo, el cuidado necesita del encuentro físico entre el cuidador y la persona cuidada. Las mejores herramientas de la enfermera proceden de los sentidos: la mirada, el tacto, el olfato, etc., y son más eficaces desde la cercanía a la persona objeto del cuidado.

No obstante, la pandemia también ha servido, como he señalado antes, para incrementar valores como la solidaridad con los más vulnerables. Al inicio se dijo que era democrática, en el sentido de que afectaba a todos por igual; pronto se vio que, por el contrario, golpeaba con más fuerza a determinados sectores y colectivos: ancianos, dependientes, inmigrantes, minorías étnicas, etc. En ese sentido, numerosas enfermeras se han preocupado y volcado en atender esas necesidades de salud. Las enfermeras han mostrado desde hace años un interés creciente por la antropología social y cultural. Fruto de las numerosas (quizá miles) enfermeras que han cursado estudios de antropología, tenemos hoy relevantes trabajos, investigaciones y tesis doctorales, que integran los conocimientos de ambas disciplinas. Sin duda, esta rica realidad ha contribuido a captar las nuevas necesidades emanadas de las situaciones de crisis como la de la COVID-19.

P.: Según su punto de vista, ¿cómo se relacionan la enfermería y la antropología o la cultura?

R.: Vivimos tiempos de gran complejidad e incertidumbre que conllevan grandes riesgos pero también grandes oportunidades. Una sociedad más conflictiva y competitiva pero, al mismo tiempo, deseosa de asumir nuevos roles y retos. La antropología, como ciencia especializada en el conocimiento cultural, puede aportar a la enfermería herramientas muy útiles para analizar esta complejidad en lo referentes al proceso salud/enfermedad/cuidados.

Por ejemplo, la etnografía es una estrategia de investigación muy apropiada para el estudio de las problemáticas de salud de las que he hablado. También para resituar la relación profesional/paciente. Hoy el paciente ha cambiado y exige una relación con el profesional menos paternalista, más activa. Una relación horizontal donde se tenga en cuenta no solo el saber experto del profesional, sino también, el saber del paciente fruto de la experiencia de vida.

En esta sociedad globalizada tenemos que aprender a vivir en la diferencia. Necesitamos entender la diversidad de formas de vida de las personas que nos rodean; fundamentalmente, de nuestros pacientes. La antropología nos ayuda a comprender la diversidad humana. Nos ayuda a entendernos con ese “otro” culturalmente diferente. Compartimos, ambas disciplinas, algunos valores como la empatía y la tolerancia. Situarse en “la piel del otro” incrementa la capacidad de neutralizar los prejuicios que todos tenemos. Los prejuicios no los dejamos en la taquilla cuando nos cambiamos y nos ponemos el pijama, sino que suben con nosotros a planta: tenemos que evitar que el prejuicio se convierta en perjuicio.

La antropología también puede ayudarnos a integrar la perspectiva de género en nuestra práctica cuidadora. Cualquiera que visite una institución sanitaria puede comprobar que el “paisaje sanitario” es muy femenino; por una parte, la mujer es la principal usuaria de los servicios sanitarios: como paciente y como madre, familiar, acompañante etc., y, por otra parte, “las batas blancas” también son mayoritarias. Esto es principalmente evidente en enfermería, pero también, cada vez más, en las demás profesiones sanitarias. Es necesario promover la paridad y la conciliación para mejorar la salud y también para enriquecer la práctica cuidadora.

Noticias relacionadas

Antropología, enfermería, Enfermería cultural

¿Quieres comentar la noticia?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*