De Long Beach a Manila: la historia del enfermero Daniel Pérez y la repatriación de trabajadores filipinos de un crucero

Jueves, 17 de junio de 2021

Tres semanas navegando por el Pacífico, desde la Costa Oeste de Estados Unidos a las Islas Filipinas, estuvo el enfermero de cruceros Daniel Pérez velando a bordo por la salud de trabajadores filipinos en su repatriación a Manila tras el estallido de la pandemia de la COVID-19. “Nos encontrábamos en una posición en que la empresa tenía barcos vacíos de clientes, pero llenos de trabajadores internacionales (algunos barcos pueden tener más de 1.200). El objetivo principal fue enviar a todas las personas a sus respectivos países o al menos lo más cerca posible”, explica. Nos atiende para hablar de esta experiencia y de sus vivencias a bordo de estos barcos.

Pregunta. Lo primero, háblenos de su experiencia enfermera en cruceros. ¿Cómo llegó a ejercer en un ámbito tan concreto?

Respuesta. Cuando trabajaba en Londres, en una conversación entre amigos, hablábamos de las diferentes posibilidades que teníamos para trabajar en el ámbito internacional y surgió la figura del enfermero de cruceros, hasta entonces un trabajo desconocido para mí. Me gustó la idea por ese carácter aventurero y desconocido. Años más tarde, mientras viajaba por México, veía diariamente muchos cruceros que paraban en la isla de Cozumel, dejaban miles de personas en la mañana y a la noche se iban.

Me intrigaba mucho ese tipo de vida, busqué los requisitos que pedían para trabajar como enfermero, realicé algunos cursos y envíe mi solicitud. Tras varias entrevistas, me vi en un vuelo que me llevaba de vuelta a México.

P. ¿Adónde le ha llevado su experiencia enfermera a bordo de cruceros? ¿Qué países ha visitado?

R. En diciembre aterricé en Puerto Vallarta, México. Tuve la suerte de empezar mi aventura en el barco más nuevo y grande de la empresa. Viajamos hasta el puerto de Long Beach en Los Ángeles, donde tendría lugar la inauguración. El crucero duraba siete días, viajaba por el Pacífico desde el sur de California hasta la mitad de México terminando, de nuevo, en Long Beach. Esto era mi día a día hasta mediados de marzo cuando la COVID-19 llegó a la Costa Oeste de Estados Unidos, poco después tendría como próximo destino la ciudad de Manila.

P. ¿Cuáles han sido las experiencias más llamativas que ha vivido?

R. Trabajar en un crucero es un cambio de paradigma radical. Se puede entender como un centro de salud con rayos X, laboratorio y una habitación que es una pequeña UCI. Sin tener expectativas en esta experiencia, puedo decir que me sorprendió la rutina de un enfermero en cruceros. En mi barco, la capacidad máxima pasaba de 5.000 personas.

Necesitas estar preparado para cualquier incidencia, el enfermero es la primera persona responsable de recibir una llamada de emergencia. Tanto los clientes como los trabajadores podían llamarte en cualquier momento. He visto desde problemas dermatológicos, sin mayores complicaciones, hasta una parada cardiaca pasando por fracturas, dislocaciones, problemas digestivos y ataques epilépticos.

P. Recientemente, en plena pandemia, vivió una situación bastante inusual, con el caso de la repatriación de ciudadanos filipinos. ¿Cómo comenzó todo?

R. Recuerdo que a mediados de marzo España declaró el estado de alarma, pero en la costa oeste de Estados Unidos seguíamos haciendo cruceros como cada semana. Apenas unos días más tarde, la situación en Europa se volvía más insostenible y entonces los cruceros empezaron a encontrar dificultades para atracar en los diferentes puertos americanos. Fue aquí cuando los vuelos comenzaron a ser cancelados, Nueva York empezaba a tener muchos casos y los cruceros no podían atracar.

De repente comenzamos a vivir día a día con mucha incertidumbre y un poco de incredulidad. Leías la prensa, escuchabas los testimonios de amigos y familia desde España… y parecía que el mundo iba a colapsar, pero al mismo tiempo te sentías aislado, ya que nuestra situación a bordo era diferente.

Vivíamos aislados por el mar, era difícil comprender la gravedad de la situación en Italia, España y, en definitiva, en todo el mundo. Nos encontrábamos en una posición en que la empresa tenía barcos vacíos de clientes, pero llenos de trabajadores internacionales (algunos barcos pueden tener más de 1.200). El objetivo principal fue enviar a todas las personas a sus respectivos países, o al menos lo más cerca posible, para que cuando las fronteras abriesen y los vuelos estuvieran disponibles todos llegaran a casa.

A través de varios autobuses, todos los ciudadanos europeos, africanos y sudamericanos fueron enviados a los barcos que estaban en la costa este de Estados Unidos. Allí cada barco pondría rumbo al Caribe, Europa o África en función de los pasajeros. Mi barco recibió 2.300 pasajeros de Asia, la mayoría filipinos de otros cruceros.

Formar parte de la magnitud logística de este evento lo hacía algo muy especial y al mismo tiempo algo muy estresante. Nuestro objetivo era llegar a Manila desde Long Beach. Esto suponía alrededor de tres semanas navegando por el Pacífico sin hacer ninguna parada, con la esperanza de llegar a Filipinas y poder desembarcar a todos los repatriados. Este viaje a través del Pacífico supuso semanas de planificación en temas como la comida, los medicamentos y la creación de protocolos para la prevención de la COVID-19. En principio, este viaje estaba pensado para repatriar el mayor número de asiáticos posibles. Nuestro destino sería primero Manila y después Yakarta, de este modo, el resto de asiáticos podría ser repatriado.

P. ¿Qué necesidades presentaban estas personas?

R. Estas personas eran individuos sanos. Por lo general, ninguno precisaba atención médica. Alguno que otro tenía diabetes o estaba tomando medicación para la hipertensión arterial, pero nada que no pudiéramos controlar durante este periodo en el mar. El verdadero reto estaba en las medidas que habíamos de tomar con la llegada de todos estos nuevos tripulantes, pues supondría la ruptura de la burbuja en la que vivíamos. Estas personas habían cruzado los Estados Unidos en autobús desde los otros puertos hasta Long Beach, justo cuando el virus se estaba propagando. A mediados de abril y durante tres días incorporamos más de 500 personas al barco cada día. Por entonces, las PCR no eran una práctica común, nos basábamos en las medidas de la temperatura y en la identificación de signos y síntomas relacionados con la COVID-19 a través de cuestionarios.

La llegada de estos nuevos pasajeros fue protocolizada y controlada. Se establecieron protocolos de cuarentena, aislamiento y distribución de pasajeros en diferentes áreas del barco. Los eventos sociales se suspendieron, los gimnasios se cerraron y, en definitiva, comenzamos a vivir en abril la cuarentena que España estaba pasando.

Todos los nuevos tripulantes eran aislados en cabinas individuales y cada grupo, dependiendo de su barco de origen, debía ir al comedor al mismo tiempo. Una vez terminada la comida volvían a sus cabinas. Con el equipo médico pasó algo similar pero no teníamos permitido ir a recoger nuestra comida, esta se entregaba directamente a las cabinas para evitar contacto no necesario con los tripulantes. La temperatura se medía dos veces al día, en un viaje tan largo, con un equipo médico tan reducido y con unos medios limitados, toda precaución era necesaria.

P. ¿Qué técnicas o procedimientos de enfermería aplicó durante su experiencia con la repatriación de ciudadanos filipinos?

R. Tuve la suerte de estar con un equipo de trabajo fantástico que amenizó los días y las horas de trabajo. La educación en el uso de los EPI fue esencial. Determinados trabajadores necesitaban entrar en las zonas de aislamiento y debían ser instruidos en el empleo de este material. Además de informar y actualizar a toda la tripulación acerca de las medidas antiCOVID y los síntomas, que por aquellos momentos aún seguíamos descubriendo algunos, nos dedicábamos a repasar los protocolos, gestionar la información que generábamos y atender cualquier necesidad médica que surgiera.

En ocasiones teníamos que evaluar el estado emocional de los pasajeros, algunas personas encontraban muy difícil el hecho de estar en aislamiento tanto tiempo. En este contexto se disponía de apoyo psicológico en el barco y por teléfono.

Actualmente todos los trabajadores que se unen a un barco deben tener una PCR negativa antes de embarcar, una vez dentro del barco han de hacer una cuarentena de 14 días. A veces es precisa una segunda PCR negativa al séptimo día de la cuarentena para que puedan trabajar.

P. ¿Cómo fue el momento de la llegada a su país?

R. La llegada a Filipinas fue, cuando menos, sorprendente. Días antes de la llegada podíamos sentir la humedad y temperatura del clima tropical. La sensación de ver pájaros volando cerca del barco y ver tierra después de varias semanas será algo que nunca olvidaré.

Una vez dentro de la bahía nos encontramos en una situación sin precedentes, varias decenas de cruceros se encontraban esperando para desembarcar a sus pasajeros asiáticos. Esto suponía que, tras varias semanas en el mar, nos tocaría esperar varias semanas más para comenzar a vaciar nuestro barco. En este momento los vuelos seguían sin ser fiables, a veces se podía conseguir algún pasaje, pero las autoridades filipinas impedían el paso fronterizo. De nuevo, y en esta incertidumbre, parte de la tripulación fue enviada a otro barco que viajaría en dirección a India e Indonesia.

Al cabo de varios días la Cruz Roja filipina trajo a un equipo de enfermeros que se dedicó a hacer PCR a todos los que iban a ser repatriados. Los resultados tardaron poco más de una semana en llegar y, apenas unos días más tarde, desembarcamos a todos los viajeros.

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