Abordaje enfermero del trastorno límite de la personalidad

Lunes, 21 de diciembre de 2020

“Para la identificación de un trastorno límite de la personalidad (TLP) es de suma importancia la observación clínica mental detallada no solo de los síntomas que se manifiestan en el momento, sino también de la historia vital de la persona en la que se encontrarán rasgos premórbidos en su etapa infantojuvenil”, comienza Yolanda Goyenechea, enfermera del Centro Hospitalario Padre Menni, de las Hermanas Hospitalarias de Santander.

© Hermanas Hospitalarias

Por otro lado, destaca que los rasgos de personalidad patológicos nunca han de ser encuadrados en un trastorno de la personalidad “hasta no recabar suficiente información en sucesivas entrevistas dentro y fuera de la situación de crisis, y teniendo en cuenta el aporte del relato de las personas que conviven con el sujeto en cuestión”. “Cuando hablamos de salud, siempre es importante tener un diagnóstico precoz”, ya que los rasgos del TLP suelen aparecer en la adolescencia o en la edad adulta temprana, puntualiza, pero “tiene mejor pronóstico cuando antes se identifique y se trate”.

¿Qué es el trastorno límite de la personalidad?

Los trastornos de la personalidad, precisa esta enfermera, se caracterizan por presentar un patrón permanente tanto en su vivencia interna como en su conducta que suele iniciarse en la adolescencia o al comienzo de la edad adulta, que permanece estable a lo largo del tiempo y que comporta malestar y una afectación, en ocasiones grave e invalidante, en el funcionamiento personal, familiar y social de la persona que lo sufre. “Dependiendo de sus características, hay varios tipos de trastornos de personalidad, uno de los cuales es el trastorno límite, o también llamado borderline, de personalidad”, completa.

Las causas del trastorno límite no se conocen, “se barajan varios factores, que bien combinados o bien aislados se encuentran en la investigación de las personas que los padecen. Se pueden agrupar en tres tipos”, a saber: factores genéticos (“en algunos casos se ha visto que existe un componente hereditario”); ambientales (“aquí se encuentran antecedentes personales de traumas psíquicos, como maltrato o abuso en la infancia, o de tipo educacional-relacional en padres muy tolerantes y con dificultades en poner límites en la crianza y educación de sus hijos, ya que en estos casos nos estamos encontrando no solo con ambientes familiares desestructurados, sino también de un nivel socioeconómico elevado, con figuras parentales ‘ausentes’ por sus ocupaciones laborales, con gratificaciones sustitutivas de tipo material y falta de límite); y orgánicos cerebrales (“en algunos casos se han encontrado alteraciones funcionales del cerebro en personas con trastorno límite en zonas cerebrales donde se asientan las emociones y la capacidad ejecutiva del cerebro”).

Los pacientes afectados de TLP padecen, de forma habitual, cambios acusados en el estado de ánimo, amplía Goyenechea; así como impulsividad, inestabilidad emocional con dificultad para establecer relaciones interpersonales adecuadas y duraderas, ira incontrolable, sentimientos de vacío y miedo al abandono, además de idealización y sentimientos ambivalentes.

Por otra parte, “las personas con trastorno límite de la personalidad tienen un comportamiento destructivo, pueden aparecer autolesiones, como cortes, quemaduras, etc., incluso intentos autolíticos”, continúa. Las conductas “impulsivas y explosivas” están asimismo presentes, con baja tolerancia a la frustración, “y con el peligro que ello conlleva, como excesos y abusos, asociándose, en muchos casos, a patologías adictivas como la comorbilidad”. En este sentido, también se desarrollan “perturbaciones importantes” en la autoimagen, que “los lleva a padecer comorbilidad con trastornos de la alimentación o dismorfofobias”.

Pueden elaborar, por otro lado, un discurso coherente, “sensato, con ideas claras de qué es lo que quieren”; sin embargo, este no se corresponde con su funcionamiento personal y relacional, “muchas veces de estilo caótico, que les impide completar cualquier proyecto vital que inicien. En los casos más graves, pueden aparecer síntomas disociativos, y hasta episodios psicóticos con importantes síntomas persecutorios”.

Por ello, las necesidades de las personas afectadas por el trastorno límite de la personalidad se deben orientar a la priorización de “un abordaje psicoterapéutico adecuado, ya que los mismos han demostrado una efectividad de un 80%, por ejemplo, las terapias dialéctico-comportamental, cognitivo-conductual o sistémica, frente a solo el 20% de los tratamientos basados únicamente en intervenciones psicofarmacológicas”, concreta Goyenechea.

En el ámbito del TLP, los profesionales de Enfermería dan respuesta a las necesidades de estos pacientes “prestando cuidados generales que abordan a la persona desde un punto de vista biopsicosocial, así como a su familia, promoviendo la autonomía y la dignidad de la persona”, señala. Las líneas estratégicas se dirigirán siempre hacia la mejora de los cuidados enfermeros que se ofrecen, “fomentando el trabajo en equipo. A través de los diagnósticos de Enfermería se elaboran las intervenciones orientadas a todo lo anteriormente mencionado”.

Intervenciones enfermeras frente al trastorno límite de la personalidad

“A lo primero que se tienen que enfrentar estas personas es al estigma frente a su trastorno, ya sea propio, familiar, social o institucional”, subraya Goyenechea. Por otra parte, se trata de pacientes que se encuentran con “grandes barreras” en el día a día, “no olvidemos que su mayor dificultad es tener capacidad para regular sus emociones y sentimientos, lo que los conduce a situaciones extremas tanto en lo emocional como en lo comportamental”.

Las funciones de los profesionales enfermeros en este campo son muy diversas, “enmarcadas en el trabajo de un equipo multidisciplinar y encaminadas al fomento de la autonomía y el empoderamiento de la persona afectada”, enfatiza. De esta forma, la labor enfermera abarca desde la psicoeducación, el acompañamiento terapéutico, el manejo conductual, la aplicación y supervisión de tratamientos y medidas de contención, hasta la intervención, en caso de crisis. “Además, el apoyo y el asesoramiento al entorno familiar, que es una parte fundamental que desarrolla, junto al resto del equipo, el personal de Enfermería”.

Así, los procedimientos y técnicas enfermeros que se aplican para abordar el TLP variarán en función de la situación en la que se encuentre el paciente. Para ello, los profesionales emplean “el Proceso de Atención de Enfermería, mediante el cual se brindan unos cuidados personalizados y ajustados a la fase a la que nos estemos enfrentando”.

El trabajo diario con personas con trastorno límite de la personalidad es “complejo”, explica esta enfermera, basado en la persona y su entorno, con un componente relacional que hace que “la jornada resulte muy intensa”. En primer lugar, el día se inicia con una lectura de todas las incidencias sucedidas la jornada anterior y una puesta en común de todos los integrantes del equipo terapéutico. A continuación, y según el plan de atención individual de los pacientes, “comienza el desarrollo de cada una de las intervenciones oportunas”.

“Durante la jornada, la enfermera debe ser capaz de dar respuesta a las necesidades de la persona con trastorno límite de la personalidad de una manera no amenazante”, observando a los pacientes con el objetivo de percibir cualquier cambio significativo. Además, también es habitual que los profesionales ofrezcan a los afectados atención, de manera grupal o individual, “proporcionando herramientas y estrategias con las que tanto el paciente como su entorno puedan aceptar el trastorno y convivir con él, ayudándoles a identificar cualquier situación de riesgo para poder afrontarla”.

Comunicación y formación enfermera

“Para desarrollar un trabajo de manera profesional se requiere un conocimiento estrecho del trastorno, el personal debe estar cualificado para valorar, diagnosticar, administrar y controlar tratamientos”, así como promover la autonomía del paciente, ser un soporte terapéutico tanto para la persona como para su familia, manejar las crisis que puedan presentarse, “y favorecer un ambiente propicio para poder proporcionar estrategias que le permiten establecer relaciones interpersonal adecuadas”, afirma esta enfermera.

De esta forma, el abordaje de la comunicación con este tipo de pacientes varía en función de la situación o de la persona con la que se está interactuando, apostilla Goyenechea. Para que este proceso sea correcto “debemos tener en cuenta varios aspectos, como la escucha activa, evitar generalizar, dejar tiempo de respuesta, utilizar un lenguaje adecuado o elegir el lugar en el que poder hablar”. Además, es muy importante respetar los silencios y “por supuesto, la comunicación no verbal”.

En lo referente a la relación enfermera-paciente, lo anteriormente mencionado se torna “crucial”; es decir, “cuanto mejor sea la comunicación con la persona, mejor vínculo se va a establecer, lo que permitirá detectar cualquier cambio o prevenir recaídas en la persona con trastorno de la personalidad”. Mediante la relación de ayuda y la empatía se puede favorecer la creación de estos lazos entre las dos partes. “Lo que necesitamos para la relación de ayuda es ofrecer recursos a la otra persona, para superar y afrontar, de manera adecuada, una situación difícil, centrarse en las necesidades de esta y acompañarla”. Por otro lado, en lo tocante a la empatía, se puede afirmar que es la principal herramienta en esta relación de ayuda; “esta última es una actitud, nos permite a los profesionales captar y comprender el mundo del otro siendo conscientes de nuestro propio mundo interno. Ser cercano pero con profesionalidad: esa es la barrera”, concluye.

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