Criar juntos de verdad: el reto de pasar de ayudar a compartir la responsabilidad

Miércoles, 21 de octubre de 2026

por Silvia López Criado

¿Cuántas veces hemos escuchado eso de “yo ayudo en casa” o “también llevo a mi hijo/a al pediatra”? En los últimos años, afortunadamente, el modelo de paternidad estricto y alejado de la crianza ha ido evolucionando. Ahora hay una mayor implicación y participación en los cuidados por parte de los padres; sin embargo, ser padre no consiste en echar una mano cuando hace falta, sino en asumir que la crianza es una responsabilidad compartida. Esa es una de las ideas que defiende Armando Bastida, enfermero pediátrico, divulgador y autor de Criar juntos de verdad. Ni perfectos ni ausentes, un libro que invita a mirar de frente la paternidad, la carga mental que todavía soportan muchas madres y los modelos familiares que seguimos reproduciendo casi sin darnos cuenta.

Padre de tres hijos y fundador de Criar con Sentido Común, Bastida defiende una crianza alejada de la perfección, pero también de la resignación. Habla de límites sin miedo, de acompañar el llanto sin temor a malcriar, de aprender a pedir perdón cuando nos equivocamos y de la necesidad de dejar de exigir a las familias que resuelvan solas las dificultades de conciliar. En esta entrevista reflexiona sobre lo que hemos heredado de generaciones anteriores y sobre cómo construir relaciones más corresponsables y respetuosas con los niños.

Armando Bastida, enfermero pediátrico, divulgador y autor de Criar juntos de verdad. Ni perfectos ni ausentes

Criar juntos de verdad

Pregunta.- Acabas de publicar Criar juntos de verdad. Ni perfectos ni ausentes. ¿En qué momento sentiste que necesitabas escribir este libro y qué querías decir que todavía no habías dicho en tus trabajos anteriores?

Respuesta.- Llevaba mucho tiempo pensando que necesitábamos hablar más de los padres. Pero hablar de verdad, no desde el humor de siempre, con el típico padre que no sabe cambiar un pañal, que se queda solo con el bebé y parece que está haciendo una heroicidad o que dice que ayuda mucho en casa.

Cuando hablamos de maternidad, hablamos de emociones, de dificultades, de identidad, de expectativas, de culpa… Y cuando hablamos de paternidad, demasiadas veces nos quedamos en la superficie. Como si los hombres no tuviéramos también mucho que aprender, que cuestionarnos y que aportar. Eso me parecía especialmente importante porque estamos viviendo un cambio generacional. Muchos hombres queremos ser padres de una manera muy distinta a como lo fueron los nuestros. Queremos estar presentes, acompañar emocionalmente a nuestros hijos, compartir las responsabilidades… Pero no siempre sabemos cómo hacerlo, porque tampoco hemos tenido demasiados referentes.

Mis libros anteriores estaban más centrados en comprender las necesidades de los bebés y los niños. En este quería dar un paso más y hablar también de los adultos que los criamos. De cómo nos organizamos, de cómo nos relacionamos, de qué modelos hemos heredado y de cómo podemos construir algo diferente.

P.- Exactamente… Construir algo diferente. Sin embargo, el libro señala que la crianza sigue pesando más sobre las madres. ¿Cómo se explica esa diferencia entre participar y responsabilizarse?

R.- Creo que se entiende muy bien con un ejemplo. Imaginemos que un padre lleva a su hijo al pediatra. Lo acompaña, espera con él, entra en la consulta… Estupendo. Pero ¿quién detectó que había que pedir cita? ¿Quién recordó cuándo tocaba la revisión? ¿Quién comprobó si necesitaba alguna vacuna? ¿Quién reorganizó los horarios para que pudieran ir? Porque una cosa es hacer una tarea y otra muy distinta es hacerse responsable de ella.

Y ahí está buena parte del problema. Hay padres que hacen muchas cosas en casa, pero siguen esperando a que alguien les diga qué tienen que hacer. Y ese alguien suele ser la madre. Ella no solo trabaja y cuida: también tiene que pensar, anticipar, recordar, organizar y supervisar. Es la famosa carga mental.

Lo curioso es que muchas veces el padre siente sinceramente que está haciendo su parte. Y puede que haga muchísimo. Pero si para que las cosas sucedan necesita que su pareja esté pendiente, la responsabilidad sigue estando desequilibrada.

Por eso insisto tanto en que no se trata de ayudar. Yo no ayudo a mi pareja cuando cuido de mis hijos o me ocupo de mi casa. Estoy haciendo lo que me corresponde.

Mitos sobre la crianza

P.- Como enfermero pediátrico, llevas años acompañando a familias. ¿Qué mitos sobre la infancia y la crianza sigues encontrándote en consulta que te gustaría desterrar?

R.- Hay uno que sigue muy presente y que me preocupa especialmente: la idea de que atender las necesidades de un bebé es malcriarlo. Todavía escuchamos que no hay que cogerlo tanto en brazos porque se acostumbra, que tiene que aprender a dormir solo cuanto antes o que, si acudimos siempre que llora, acabará utilizándolo para conseguir lo que quiere.

Y no. Un bebé no está elaborando una estrategia para manipular a sus padres. Está comunicando una necesidad con los recursos que tiene, que son bastante limitados. No puede decirte “estoy agotado, necesito contacto y me cuesta regularme”. Llora.

Otro mito es que una crianza respetuosa es una crianza sin límites. Y tampoco. Los niños necesitan límites, necesitan adultos que les orienten y necesitan aprender a convivir. Lo que cuestionamos no es que existan límites, sino que para establecerlos tengamos que recurrir al miedo, los gritos, las amenazas o los castigos.

Y añadiría otro, que un niño que se porta bien es necesariamente un niño que está bien. A veces valoramos tanto la obediencia que olvidamos preguntarnos cómo se siente ese niño, si se atreve a expresar lo que necesita o si simplemente ha aprendido que es mejor no protestar.

Me gustaría que dejáramos de medir la calidad de la crianza por lo poco que molestan los niños a los adultos.

P.- En el libro combinas experiencias reales, evidencia científica y reflexiones personales. ¿Cómo distingues entre lo que sabemos gracias a la investigación, lo que depende de cada familia y lo que hemos heredado culturalmente?

R.- Creo que es una distinción fundamental, porque no todo tiene el mismo nivel de evidencia ni todas las decisiones familiares admiten una única respuesta.

Hay cuestiones sobre las que tenemos conocimientos bastante sólidos. Sabemos, por ejemplo, que los niños necesitan relaciones de cuidado sensibles y estables, que el castigo físico puede perjudicar su desarrollo y que el juego es fundamental para aprender y desarrollarse.

Luego hay otras decisiones que dependen muchísimo de cada familia. Cómo se organiza el descanso, cómo se reparten determinadas tareas, qué rutinas funcionan mejor o de qué manera se adapta la crianza a las circunstancias laborales y personales. Ahí podemos ofrecer información y herramientas, pero no tiene sentido presentar una única forma de hacer las cosas como si fuera la correcta para todo el mundo.

Después está lo que hemos heredado culturalmente. Frases como “a mí me dieron algún cachete y no me ha pasado nada”, “los niños tienen que obedecer a la primera” o “si lo coges en brazos, se acostumbrará”. Son ideas que se han repetido durante generaciones y que a veces seguimos utilizando sin preguntarnos de dónde vienen o si tienen sentido.

Mi trabajo consiste, en buena medida, en ayudar a separar esas tres cosas. Explicar qué sabemos, reconocer qué no sabemos y dejar espacio para que cada familia tome decisiones informadas.

P.- Volviendo al tema del llanto infantil. ¿Qué sabemos hoy sobre sus necesidades emocionales y la importancia de la respuesta adulta?

R.- Que los bebés necesitan a los adultos para regularse. Esto es especialmente importante durante los primeros meses y años de vida, porque su sistema nervioso todavía está madurando.

A veces esperamos de un bebé cosas que no esperaríamos de un adulto. Imagina que una persona a la que quieres está llorando porque se encuentra fatal. ¿Le dirías que no vas a acercarte para que aprenda a calmarse sola? Seguramente no. Te sentarías a su lado, intentarías entender qué le pasa y le ofrecerías consuelo. Pues con los bebés deberíamos tener todavía más claro que necesitan esa ayuda.

El llanto es una forma de comunicación. Puede expresar hambre, sueño, dolor, incomodidad, miedo, necesidad de contacto… Y no siempre vamos a descubrir qué sucede ni conseguiremos calmarlo inmediatamente, pero podemos acompañarlo. Esto es importante, responder al llanto no significa conseguir que deje de llorar a toda costa. Significa que no tenga que atravesar ese malestar sin apoyo.

No estamos criando niños dependientes por consolarlos. Estamos ayudándolos a construir las herramientas que, con el tiempo, les permitirán afrontar las dificultades con mayor autonomía.

Errores en la interpretación que lo cambian todo

P.- Por tanto, ¿qué errores cometemos al interpretar determinadas conductas infantiles como desobediencia, desafío o mala conducta cuando quizá responden a necesidades que todavía no saben expresar?

R.- Que nos quedamos con lo que vemos y no nos preguntamos qué hay detrás. A mí me gusta explicarlo con la imagen de un iceberg. La conducta es la parte que sobresale del agua: el niño que pega, que grita, que no quiere vestirse, que se tira al suelo porque no le compramos algo… Pero debajo puede haber cansancio, frustración, miedo, celos, necesidad de atención o una dificultad que todavía no sabe expresar. Si nos limitamos a intentar eliminar la conducta, podemos estar pasando por alto lo verdaderamente importante.

Imaginemos que un niño pega a su hermano pequeño. Evidentemente, tenemos que intervenir. No vamos a permitir que le haga daño, pero después conviene preguntarnos qué está pasando. Entender el motivo no significa justificar lo que ha hecho. Significa que, además de detenerlo, queremos ayudarle a aprender.

De hecho, muchas veces interpretamos como una provocación deliberada algo que tiene mucho que ver con la maduración. Un niño pequeño puede saber que no debe hacer algo y, cinco minutos después, volver a hacerlo. No necesariamente porque quiera desafiarnos, sino porque saber una norma y tener la capacidad de controlar siempre los impulsos son cosas diferentes.

Si cambiamos la pregunta de “¿cómo consigo que deje de hacer esto?” por “¿qué necesita aprender y cómo puedo ayudarle?”, cambia bastante nuestra manera de educar.

Criar juntos de verdad. Ni perfectos ni ausentes (Ediciones Destino)

Cuando el día a día nos atropella

P.- ¿Qué hacemos cuando queremos criar de forma respetuosa, pero el cansancio, el estrés o la frustración nos llevan a reaccionar de una manera que no nos gusta?

R.- Lo primero es aceptar que va a pasar. Porque a veces hablamos de crianza respetuosa como si consistiera en mantener una paciencia infinita, hablar siempre con una voz maravillosa y saber exactamente qué decir en cada situación. Y claro, luego llegan las ocho de la tarde, llevas un día horrible, tu hijo lleva veinte minutos protestando porque no quiere bañarse y porque quiere ponerse el único pijama que está para lavar, y tú estás a punto de explotar.

Somos personas. Nos cansamos, nos frustramos y tenemos días malos. Ahora bien, entenderlo no significa justificar cualquier reacción. Si gritamos, humillamos o tratamos mal a nuestro hijo, tenemos que responsabilizarnos de ello.

Podemos acercarnos después y decirle: “Antes te he gritado y no debería haberlo hecho. Estaba muy enfadado, pero eso no justifica que te haya hablado así. Lo siento”.

Eso no nos hace perder autoridad. Al contrario. Le estamos enseñando que los adultos también nos equivocamos, que podemos reconocerlo y que pedir perdón no nos hace menos valiosos.

Después toca preguntarnos qué podemos cambiar. Porque si llegamos todos los días al mismo punto de agotamiento, quizá no necesitemos únicamente aprender a respirar antes de gritar. Quizá necesitemos más descanso, menos exigencias, repartir mejor las responsabilidades o pedir ayuda.

P.- El subtítulo del libro habla de criar despacio en un mundo que va muy deprisa. ¿Es realmente posible criar despacio cuando hay que trabajar, llegar a fin de mes, atender la casa y cumplir con horarios cada vez más exigentes?

R.- Esta pregunta me parece importantísima porque sería muy fácil decirles a las familias que tienen que bajar el ritmo, pasar más tiempo con sus hijos y disfrutar de cada momento. Pero, claro, ¿qué hacemos con quien trabaja todo el día, llega agotado a casa y todavía tiene que preparar la cena, recoger y organizar el día siguiente?

No podemos pedir a las familias que solucionen individualmente un problema que también es social. Necesitamos mejores condiciones para conciliar, horarios más razonables, permisos que respondan a las necesidades reales de los niños y de sus progenitores y una sociedad que deje de tratar el cuidado como algo secundario.

Dicho esto, criar despacio no significa necesariamente disponer de muchísimo tiempo libre. Significa intentar que las prisas no nos hagan perder de vista lo importante.

Aquí entra la diferencia entre responsabilidad y perfeccionismo. Es razonable preocuparnos por la salud, la seguridad y el bienestar de nuestros hijos. Lo que no es razonable es exigirnos que cada comida sea perfecta, cada respuesta emocional impecable y cada minuto del día una oportunidad educativa extraordinaria.

Los niños necesitan cuidados, límites, afecto y presencia. No necesitan que convirtamos su infancia en un proyecto de productividad.

Paternidad y profesión, un dúo más que dinámico

P.- Eres enfermero pediátrico, divulgador y padre de tres hijos. ¿En qué aspectos ser padre te ha hecho cuestionar cosas que dabas por sentadas desde tu experiencia profesional?

R.- Sobre todo, me ha enseñado que saber mucho sobre infancia no significa que vayas a saber qué hacer en todos los momentos de la crianza. Una cosa es explicar en una consulta cómo acompañar el llanto, cómo gestionar una rabieta o por qué es importante mantener la calma. Y otra muy distinta es hacerlo a las tres de la madrugada, después de varias noches durmiendo fatal, cuando ya no sabes qué necesita tu bebé y tú también estás al límite.

La teoría es necesaria, por supuesto, pero la experiencia de criar te obliga a comprender cosas que desde fuera pueden parecer muy sencillas.

También me ha hecho revisar mi propia infancia y el modelo de padre con el que crecí. Mi padre era una figura bastante distante, muy asociada a la autoridad. Cuando tuve hijos me di cuenta de que yo quería construir una relación diferente. Quería que mis hijos pudieran acercarse a mí, contarme sus cosas, abrazarme y sentirse seguros conmigo. Se construye estando presente, equivocándote, aprendiendo y volviendo a intentarlo.

Creo que ser padre me ha hecho mejor profesional porque me ha ayudado a mirar a las familias con menos certezas absolutas y mucha más comprensión.

P.- Con casi dos millones de seguidores en Instagram, tus palabras pueden influir en muchísimas familias. ¿Cómo gestionas la responsabilidad de comunicar sobre infancia sin convertir recomendaciones generales en reglas rígidas?

R.- Intentando recordar constantemente que detrás de cada pantalla hay una familia distinta, que lo que para una puede ser una recomendación muy útil, para otra puede resultar difícil de aplicar o incluso no tener sentido en sus circunstancias.

Las redes sociales tienen una dificultad evidente: cuanto más breve y contundente es un mensaje, más posibilidades tiene de circular. Sin embargo, la crianza está llena de matices. Por ejemplo, podemos explicar que no hay que obligar a un niño a compartir sus juguetes, pero eso no significa que no tengamos que enseñarle a convivir, a respetar los turnos o a tener en cuenta las necesidades de los demás. O podemos decir que hay que acompañar las emociones de los niños, pero eso no significa permitirles cualquier conducta porque están enfadados.

Intento que mis contenidos hagan reflexionar, que cuestionen determinadas creencias y que ofrezcan herramientas concretas. También procuro diferenciar lo que está respaldado por la evidencia científica de lo que es una recomendación práctica o una reflexión personal.

Además, creo que es importante reconocer cuándo no tenemos una respuesta definitiva y cuándo una situación necesita una valoración individual.

Lo que menos me gustaría es que una madre o un padre terminara de leer una publicación mía sintiendo que lo está haciendo todo mal porque no consigue aplicar lo que explico. Mi objetivo es justamente el contrario, que las familias comprendan mejor a sus hijos, tengan más recursos y puedan criar con mayor confianza. No quiero que las familias me obedezcan. Quiero que tengan información para pensar y decidir por sí mismas.

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