“Silencio roto”

Martes, 7 de enero de 2014

por UCI Informatica

“Como cada mañana al salir del trabajo, encendió un cigarrillo mientras se dirigía caminando a la estación de metro. Ese día no siguió el camino habitual hacia su casa. Sin darse cuenta se vio deambulando por las calles con lágrimas en los ojos, lágrimas de tristeza, soledad, sufrimiento y desesperación. Aquella mañana le invadía una sensación inhabitual de ansiedad y notó que no era un día como otro cualquiera y no sabía encontrar el motivo. Hacía tiempo que se sentía distinta del resto de las personas. Recordaba cómo el cerebro ya no se le inundaba de luz ni se precipitaba a colmar el mundo, más bien se acurrucaba en un rincón. Cada hilo de pensamiento que comenzaba a desvanar la llevaba a un callejón sin salida. Nunca se había sentido tan triste. Había perdido toda la ilusión, esperanzas y sueños. A veces hubiese querido marchitarse como una hoja y caer a la tierra fría y morir para siempre.

No quería llegar a casa, donde sabía que iba a encontrarse con él, ese hombre que le estaba quitando la vida silenciosamente. Las palizas, humillaciones y desprecios se iniciaron cuando él comenzó a consumir cocaína y alcohol. El infierno empezó cuando este mal hábito pasó de ser ocasional donde consumía en circunstancias concretas (fines de semana, reuniones con los amigos, etc.), a habitual donde el consumo era diario en su vida, buscando aliviar la dependencia y finalmente se convirtió en un esclavo de las drogas. Necesitaba consumir, era algo prioritario, imperioso en su vida. Se sentía la persona más saludable y hábil. También se sentía todopoderoso e intocable. Sin embargo, llevaba una doble vida, mentía, maquinaba, simulaba, seducía y embaucaba; además era histriónico, chantajista y ególatra. Espiritualmente, estaba vacío, sin valores éticos ni morales. Era incapaz de amar ni siquiera a sí mismo ni de amar a los demás.

En más de una ocasión, de regreso a casa, se encontró en el salón con signos evidentes de que había consumido (papel de plata, polvos de cocaína, botellas vacías de alcohol). Se le llenaban los ojos de lágrimas, ya hacía mucho tiempo que le había quitado la sonrisa de su cara y ahora le estaba quitando, poco a poco, las ganas de vivir. Desde lo más profundo de su ser sabía que su alma estaba vacía. Estaba segura que consumía por puro placer. Se daba cuenta cómo, después de unas cuantas experiencias, comenzó a gustarle. Esa sensación de energía y vitalidad artificial de la cocaína lo tenía atrapado.

Durante la primera época de su adicción, encubría cuidadosamente el consumo y pasaba desapercibido ante sus familiares, pero no ante ella. Con el paso del tiempo el consumo le creó tolerancia y dependencia. El alcohol produjo consecuencias sociales, tales como conflictos familiares (celos, peleas, malos tratos, etc.), conflictos laborales (absentismo laboral, accidentes, etc.), así como conflictos a nivel social (conducción temeraria, etc.). Tras el consumo de alcohol presentaba un comportamiento agresivo, deterioro de la capacidad de juicio, lenguaje farfullante, marcha inestable, etc. Consumía la cocaína fumada, causándole una fuerte dependencia. Tras el consumo de ésta presentaba efectos psicológicos (euforia, locuacidad, hiperactividad, etc.) y fisiológicos (reducción del sueño, inhibición del apetito, etc.). Todos ellos eran efectos que ella conocía perfectamente.

A medida que trascurría el tiempo, sus amigos le buscaban y desaparecía con ellos sin dar ningún tipo de explicaciones. Se distanció de sus seres queridos, los mentía con el propósito de conseguir dinero alegando que económicamente estaban “un poco justos debido al piso”.

Ella era consciente que los ingresos económicos habían disminuido de forma alarmante en los últimos meses y se acordaba de las personas que cuidaba cada noche, personas que caminaban por el barro y la suciedad intentando encontrar una dosis, personas que se encontraban en busca y captura, habían estado en prisión, tenían juicios pendientes, órdenes de alejamiento de sus ex parejas, etc. Su objetivo era conseguir dinero para comprar droga. Mientras caminaba se preguntó si él acabaría así. Día a día sentía cómo aumentaban sus miedos y se disipaban sus esperanzas, ya que no reconocía que era drogodependiente. Él argumentaba que no tenía ningún problema con las drogas y podía dejarlas sin ayuda cuando quisiera.

Al cabo de unas horas de andar por las calles sin rumbo, decidió regresar a casa. Entró sigilosamente para no despertarlo, se desvistió en el salón y se dirigió a la cocina para fumar el último cigarrillo antes de acostarse. Mientras fumaba y exhalaba el humo con ansiedad se preguntaba si ese sería el último de su vida. Era consciente de que su casa, por la que tanto había luchado, no era un lugar de paz y tranquilidad, sino un lugar donde se enfrentaba cotidianamente al desprecio y a las agresiones.

Muy a su pesar, se dirigió al dormitorio donde él dormía profundamente o eso hacía creer. Con sigilo se acostó suplicando, rogando en silencio un día de tranquilidad sin golpes, gritos, ni humillaciones. En ese momento, recibió un golpe en la cabeza, haciendo así que se golpeara contra la mesilla y, a continuación, cayera de la cama, momento que él aprovechó para agarrarla de los cabellos y golpearla contra el suelo, donde la pateó, primero con un pie, luego con otro, mientras gritaba con rabia, con odio. Ella ya no suplicaba que dejara de golpearla, ni luchaba, ni lloraba. En el suelo, ciega por el golpe no se atrevía a moverse, esperando los próximos. En el fondo de su corazón deseaba morir con la finalidad de descansar física y psicológicamente. Necesitaba dejar de sufrir.

A continuación, él se dirigió a la cocina y regreso al dormitorio con un largo cuchillo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, llenos de desprecio y sarcasmo. Su rostro tenía un color ceniciento, sus brazos musculosos se contrajeron. La calificó de “perra”, “mala esposa”, etc. La echó en cara que le controlaba su vida, el dinero, que no le dejaba vivir como él quería, etc. Estaba fuera de control. Seguidamente, se colocó detrás de ella y le rebanó la garganta de un extremo a otro. Murió, fue degollada por una persona a la que había amado, intentado ayudar y compartido una vida.

Mónica era enfermera y trabajaba en un Centro de Emergencia Sociosanitario destinado a una población de drogodependientes, sin techo, sin hogar, personas, por lo general, muy deterioradas, fuera de la red normalizada de los recursos tanto sociales como sanitarios. En la mayoría de los casos sin lugar donde comer, asearse o dormir. A lo largo de estos diez años de tristeza, soledad, autoculpabilidad y desesperación, nunca le denunció. Nunca contó a nadie cómo se sentía, el infierno en el que estaba sumida.

Como enfermera, soy consciente de que hablar de prevención “global” de la violencia doméstica puede parecer pretencioso por las dificultades objetivas que entraña, ya que hay que afrontar tanto las causas estructurales y sociales que sustentan las desigualdades de género social, económico y políticas ancladas en la estructura de nuestra sociedad, pero no por ello inamovibles.

En este contexto las enfermeras sólo somos un pequeño eslabón de la gran cadena necesaria para abordar eficazmente el problema de las drogodependencias y la violencia, en cualquiera de sus facetas, pero eso no nos exime de la parte de responsabilidad que nos concierne como sanitarios. No podemos permanecer ajenos a este importante problema de salud pública y su intervención es necesaria en la prevención, en la detección, en el tratamiento y en la orientación de este complejo drama, en el que es imprescindible un abordaje integral y coordinado con otros profesionales e instituciones.

Al igual que los enfermeros que desarrollamos nuestra labor con los pacientes drogodependientes, todos debemos estar entrenados en actividades formativas en el campo de las adicciones (conocimientos de las diferentes sustancias psicoactivas, proporcionar atención enfermera, facilitar los cuidados sanitarios básicos y favorecer el autocuidado, disminuir los daños asociados al consumo de drogas, ofrecer Educación para la Salud y educación sobre drogas, realizar un diagnóstico precoz de patologías­ asociadas al consumo de sustancias, fomentar la incorporación al tratamiento especializado, etc.). Asimismo, tendríamos que estar entrenados para que nos comunicasen el maltrato.

Como enfermera sé que la violencia es un fenómeno social muy peligroso. Tener presente que decenas de mujeres y personas, en general, mueren a causa de tiros y golpes, es saber que debemos de ser conscientes de su importancia. Debemos tener muy en cuenta que hemos de tratar de reducir la violencia. El primer paso es conocer cómo controlarnos, saber manejar nuestros impulsos negativos que tanto daño nos hacen. Así, nuestra sociedad irá en un incremento de paz y no habrá tantas muertes inocentes.

Cuando menciono la palabra violencia no sólo me refiero a “dar golpes”, ya que tú, Mónica, como tantas mujeres, sufriste maltrato físico (te pateaba, mordía, abofeteaba, te daba puñetazos y finalmente, utilizó un arma letal para acabar con tu vida), sino también a la violencia psicológica o mental (te humillaba, insultaba, amenazaba, desvalorizaba, despreciaba). Estoy segura de que para ti, los insultos incesantes y las tiranías eran más dolorosos que los ataques físicos, ya que socavaban tu seguridad y confianza en ti misma. Lo peor de los malos tratos no es la violencia misma sino la “tortura mental” y “vivir con miedo y atemorizada”.

A pesar de que hoy en día se cuenta con más dispositivos de apoyo social, existe una mayor sensibilidad social ante dicho problema y los cambios legislativos que han tenido lugar en nuestro país facilitan el que se denuncie, ella nunca lo hizo. Todavía me pregunto por qué nunca le denunció y no encuentro respuestas. De lo que sí estoy segura es que las causas no fueron la dependencia económica, la esperanza de que él cambiase, el desconocimiento de los servicios a los que acudir, falta de apoyo familiar y social o el no saber sus derechos. ¿Se consideraría a sí misma víctima de maltrato o llegó un momento en que presentó tolerancia ante este tipo situaciones? Nunca reveló a nadie haber sufrido abusos físicos y psicológicos por parte de él. Como toda mujer maltratada, necesitó tiempo para comprender el ciclo de la violencia cuando lo estaba viviendo. Cada vez que cerraba un ciclo perdía confianza en sí misma y sufría una disminución de su autoestima. Llegó un momento en que predominó la baja autoestima, sumisión y dependencia. Nunca sabremos las causas. No pudimos llegar a ella y romper su silencio.

Descubrí tu silencio ya que lo dejaste plasmado en un diario en tu ordenador. El uso intencional de su fuerza física contra ti tuvo como consecuencias lesiones físicas, daño psicológico. Hasta que acabo siendo mortal. El silencio se convirtió en tu peor enemigo y en el mejor aliado para él.

El equipo que compone un Centro Sociosanitario de Emergencias destinado a pacientes drogodependientes sin techo, sabíamos que su trabajo la hacía feliz. Se sentía querida por sus compañeros y por los propios pacientes a los que cuidaba con respeto haciéndolos saber con su manera de actuar que se preocupaba por ellos. Les informabas, orientabas y apoyabas ante las diversas situaciones problemáticas en la que se encontraban inmersos. Cuando los pacientes preguntan por ti, la enfermera que tanto se preocupaba por ellos, se me encoge el corazón al contestarles que te has mudado de provincia por motivos laborales.

Ya no sufrirás más por él. Se acabaron las palizas, las descalificaciones, las humillaciones, los desprecios, ¿pero a qué precio? ¿Con tu pérdida como persona? Fuiste una mujer muy valiente y una gran enfermera. Tuviste el valor, la entereza de separar tu vida personal de tu vida profesional. En ningún momento llevaste a cabo un comportamiento despectivo, indiferente o malhumorado con aquellas personas que estaban sumidas en el mundo de la droga, a pesar de estar sobreviviendo, cada día en tu vida personal con una persona que tenía la misma adicción, la misma enfermedad.

Ahora sabemos que a pesar de todo el daño que te causó a lo largo de tu vida siempre intestaste ayudarle. Hablabas con él sin juzgarlo, abordando el problema de las drogodependencias francamente. Le mencionaste los recursos disponibles y tu intención por agilizarlos. A pesar de ello, evadió la ayuda que le brindaste. Se opuso tenazmente al tratamiento. Nunca mostró una motivación positiva para iniciar el proceso de desintoxicación y deshabituación. Cada noche hemos presenciado todo tipo de conductas de malos tratos entre los propios pacientes (amenazas, coacciones, miradas amenazadoras, serias, desafiantes, violencia, venganza, ira…). ¿Cómo es posible que estuvieses a la altura de las situaciones sin derrumbarte?

Han transcurrido seis meses de tu pérdida y a pesar de que la vida sigue adelante sin ti, te echamos de menos. Todavía no me hago a la idea de que no estés trabajando con nosotros cada noche”.

Fuente: Domínguez Fernández N. Silencio roto. Metas de Enferm feb 2010; 13(1): 75-77