Veinte años después: por qué sigo creyendo en la cooperación

Miércoles, 1 de julio de 2026

por Reyes Pesqueira Puyol

Después de muchos años en cooperación, hay una pregunta que aparece tarde o temprano. A veces la formula alguien de fuera, con curiosidad sincera. Otras veces surge desde dentro, en silencio, en un momento de cansancio o de balance personal: ¿sigues creyendo en la humanidad después de todo lo que has visto?

No es una pregunta sencilla. Y la respuesta tampoco lo es. No es un “sí” ingenuo ni un “no” desencantado. Es una respuesta construida con capas, con contradicciones, con momentos luminosos y con otros profundamente incómodos. Porque creer, después del terreno, ya no es un acto automático: es una elección consciente.

Incluso en la incertidumbre, las personas se organizan, resisten y siguen creyendo. Copy Reyes Pesqueira Pujol

Cuando la fe deja de ser ingenua

Al principio, una llega a la cooperación con una fe bastante simple. Crees que ayudar sirve, que el bien se impone, que la humanidad responde cuando se le da la oportunidad. El terreno se encarga de complejizar esa mirada muy rápido.

Ves injusticias que no se resuelven. Violencias que se repiten. Sistemas que fallan una y otra vez. Personas que hacen daño incluso en contextos de extrema fragilidad. Y entonces algo se resquebraja: no la vocación, sino la idea fácil de que “todo tiene solución”.

Ese golpe es necesario. Porque la fe que no se cuestiona es frágil. Se rompe al primer impacto.

Lo que el terreno también muestra (aunque cueste verlo)

Pero el terreno no muestra solo lo peor. Muestra, con la misma crudeza, algo que rara vez sale en titulares: la capacidad humana de sostenerse incluso cuando todo falla.

He visto comunidades organizarse sin recursos.

Personas cuidar de otras sin reconocimiento.

Equipos locales seguir adelante cuando todo parecía perdido.

Gestos de solidaridad silenciosa que no buscan aplauso.

No es romanticismo. Es realidad. Y suele aparecer en los márgenes, lejos de los discursos grandilocuentes.

Creer después del terreno no significa negar la violencia o la injusticia. Significa reconocer que, incluso ahí, la humanidad no desaparece. Se expresa de otras formas, más discretas, más frágiles, pero también más auténticas.

Creer no es justificar

Hay algo importante que aprendí con los años: seguir creyendo no significa justificarlo todo. No significa normalizar la violencia, ni aceptar la desigualdad, ni resignarse a lo inaceptable.

Al contrario. Creer con conciencia implica no mirar hacia otro lado. Implica incomodarse, cuestionar, denunciar cuando toca y aceptar que no todo se puede cambiar desde tu lugar. La fe madura no es complaciente. Es crítica. Y, a veces, profundamente exigente.

Creer no es cerrar los ojos.
Es decidir mirar de frente sin endurecerte.

La tentación del cinismo

Después de muchos años, el cinismo aparece como una tentación real. Es una forma de protección: si no esperas nada, nada te decepciona. Pero también es un lugar peligroso. Porque cuando el cinismo se instala, se pierde algo esencial: la capacidad de implicarse sin coraza.

He visto a personas muy valiosas volverse cínicas como mecanismo de defensa. Y lo entiendo. El problema es que el cinismo no solo te protege del dolor; también te aleja del sentido.

Seguir creyendo no es lo más fácil. A veces es mucho más cómodo desconectar emocionalmente. Pero desconectar tiene un coste: te aleja de lo que te trajo hasta aquí.

Una fe distinta

La fe que queda después del terreno no es épica. No espera milagros ni finales felices. Es una fe más humilde, más realista y, paradójicamente, más sólida.

Es creer en:

  • La capacidad de organización colectiva.
  • La fuerza de los vínculos.
  • La dignidad incluso en contextos de extrema precariedad.
  • El valor de acompañar, aunque no controles el resultado.

Es creer sabiendo que habrá retrocesos. Que no todo mejora. Que a veces se pierde. Y aun así, elegir no retirarte del todo.

Por qué sigo aquí

Sigo creyendo no porque siempre funcione, sino porque he visto demasiadas veces cómo pequeños gestos sostienen vidas enteras. Porque he aprendido que la cooperación no es salvar, sino acompañar. No es solucionar, sino no abandonar.

Sigo creyendo porque, incluso en los contextos más duros, he visto humanidad. No perfecta, no idealizada, pero real. Y porque renunciar a esa fe sería, para mí, renunciar a una forma de estar en el mundo.

Cierro la mochila por hoy, concluyendo que…

Después de muchos años, creer en la humanidad ya no es una emoción espontánea. Es una elección diaria, consciente y a veces incómoda. Una fe que no niega la realidad, sino que la mira de frente y decide no rendirse ante ella.

Porque seguir creyendo no es ingenuidad.
Es resistencia ética.
Y, para mí, sigue siendo el motor que da sentido a este camino.

Querido lector/a, si quieres compartir tus comentarios, no dudes en exponerlos; estaré encantada de leerlos e intercambiar opiniones. Muchas gracias por tu atención.

“Reflexiona, comparte y actúa: la cooperación se transforma con decisiones pequeñas pero valientes”.

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Acerca de Reyes Pesqueira Puyol

Reyes Pesqueira Puyol es enfermera y trabajadora social cooperante desde 1998 hasta la actualidad. Ha trabajado en distintas organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras (MSF), FUDEN, Enfermeras para el Mundo, SETEM y Acción Contra el Hambre, en países de África, América Latina y Asia. Docente en cooperación internacional y fundadora de La Mochila Cooperante, (www.lamochilacooperante.com), combina su labor de terreno con la formación de nuevos profesionales en acción humanitaria. Autora del libro 20 años cooperando por el mundo: testimonio de voces silenciadas (2024).