Prácticamente dos meses

Viernes, 3 de septiembre de 2021

Durante prácticamente dos meses, he estado en la planta de hospitalización. Dos casos me han hecho aprender mucho, no solo profesionalmente sino también personalmente. Aunque la planta en la que estoy los pacientes no suelen tener una estancia muy prolongada, aquellos de los que voy a hablar estuvieron durante más tiempo de lo habitual.

La primera persona de la que voy a hablar, una mujer de 83 años que ingresó por un neumotórax de urgencias, estaba bastante tranquila cuando yo la conocí. Era extremadamente delgada, chupada por la edad y las enfermedades, pero siempre alegre y con esperanza, siempre dispuesta a ayudar en lo que hiciese falta y dejándonos trabajar. Los primeros días estuvo bien, hasta que, día a día, empezó a bajar su saturación. Fue de manera progresiva y se notaba en ella, pues se veía más débil.

Un día desayunando se desmayó. Nos asustó mucho a todos y fuimos corriendo para ayudarla. Su tensión estaba por los suelos, pero la tumbamos a pulso en la cama y con el Ringer Lactato se recuperó muy rápidamente. En estos momentos su hijo no se encontraba con ella y nos confesó que padecía un síndrome que la afectaba con desmayos en ciertas ocasiones. Sus hijos desconocían esta patología, hasta que un día volvió a ocurrir lo mismo, solo que esta vez su hijo estaba con ella. Procedimos a hacer lo mismo que la anterior. A medida que se debilitaba, los desmayos eran cada vez más recurrentes.

Ya llevaba dos semanas cuando sus pulmones no daban más de sí, por lo que la doctora realizó una toracocentesis para extraer todo el líquido acumulado. Sin querer, rozó el pulmón, agravando su situación. Esto fue devastador para ella. Pasaban los días y el dolor no se iba. Cada vez le costaba respirar más y más. Lo que más me sorprendió fue su actitud ante la situación. Nunca perdía esas ganas de seguir luchando, aunque no entendiese del todo lo que realmente la estaba ocurriendo. Siempre recordaré la última vez que la atendí, ella tumbada, casi sin voz, mientras ponía la medicación para el dolor, me dijo entre gestos y con lágrimas en los ojos, que ella lo único que quería era ir a la piscina y nadar y que todo volviese a ser como era antes. Nunca más la volví a ver, ya que ese mismo día la trasladaron a la UCI; y al día falleció. Siempre me acordaré de ella, de cómo vino y de cómo se fue, de lo rápido que se puede deteriorar una persona, pero sobre todo me acordaré de que las ganas de vivir siempre están ahí. Con ella aprendí que, aunque tengamos conciencia de la muerte, y por mucho que nos preparemos y la esperemos, nunca vamos a estar realmente listos para afrontarla. Aunque también pude ver, con la frase que me dijo, que en los peores momentos nos acordamos de esas pequeñas cosas del día a día que nos llenan y nos hacen felices.

Otra historia que también quiero contar, esta vez con un final más feliz, es la de una señora de 88 años que había ingresado varias veces antes de que yo llegase por un tumor temporoparietal. Esta vez ingresoó porque se infectó la antigua herida y la tenía muy edematizada. Esto le impedía hablar y ejecutar frases complejas, además confundía entre sí o no y hola y adiós.

En su ingreso la señora se encontraba bastante mal, y frustrada porque no podía hablar, lo que para la hija, que siempre estaba con ella, era bastante frustrante y triste. Los días hasta la intervención para la hija fueron muy duros, se pasaba los días llorando por su madre, y preocupada. Después de la operación, mejoró significativamente y aunque seguía sin poder ejecutar frases coherentes, al menos ya se podía hablar con ella en conversaciones cortas.

Empezó con las sesiones de fisioterapia y las aguantaba bastante bien. Poco a poco se notaba que iba mejorando en todo. Hasta que un día, después de al menos tres semanas ingresada, empezó a empeorar y a volver a estar como antes, y todo lo que había mejorado en todas las semanas lo perdió en cuestión de dos días. Tras una valoración de la doctora, decidió quitar los coágulos que se habían formado del edema que la había aparecido. Volvió a mejorar en cuestión de días, pero empeoró de nuevo.

Esta situación también afectó a la y, si antes lo pasaba mal, después de pasar todo esto se derrumbó hasta prácticamente tirar la toalla. Estos momentos también me enseñan que para el papel de enfermero es muy importante ayudar a los familiares en el proceso de hospitalización, porque, por ejemplo, en este caso la hija era su único apoyo. Después de que la doctora realizará otra vez la misma intervención, volvió a mejorar y decidió darle el alta para ver si en casa pudiera mejorar más rápido y mejor. Cuando se fue, aún no podía andar, pero sí ejecutar frases cortas. A las dos semanas tuvo que volver a ingresar de urgencia porque los coágulos que tenía en la cabeza la incapacitaron del todo, provocándole una parálisis verbal y motora.

La intervino la doctora de urgencia en el quirófano, que volvió a abrir la herida anterior y limpio bien la zona para intentar que esto no volviese a ocurrir más. Después de recuperarse de la intervención, recuperó todo lo que había perdido e incluso conseguía formar frases más complejas, asentir con la cabeza, reírse… La mejora esta vez era significativa y definitiva. A la semana, después de comprobar que no volvía a tener problemas y que incluso ya podía comer ella sola, se fue de alta definitivamente.

Tanto ella como su hija nunca se rindieron y siguieron luchando. Fueron meses duros para ellas, ya que en ese tiempo la intervinieron tres veces en la misma zona, y durante muchos días ella no mejoraba y no se veía progreso, incluso muchas veces se veía un retroceso significativo que para la hija era devastador. Gracias a ellas, me di cuenta de que nunca hay que rendirse y del verdadero amor que tiene una hija por su madre y hasta dónde está dispuesto uno a luchar, porque, aunque el pronóstico realmente no era malo, la mejoría no llegaba, y cuando lo hacía duraba escasos días hasta que la situación volvía a empeorar. Una de las muchas veces que entré en la habitación, su hija me enseñoó una foto de ella de hacía un año. Estaba muy diferente: el tumor la había cambiado completamente. Pero la hija me sonrió y entendí que comprendía la situación; sin embargo, a pesar de comprenderla le dolía ver a su madre, así como le podría doler a cualquiera.

Soy un alumno de prácticas y debería interesarme más por técnicas y el funcionamiento de la planta, pero para mí estas experiencias son lo que más me enseña, como ya he dicho, tanto profesional como personalmente, porque me gusta aprender de todo lo que veo. En el primer caso, por la lucha de la paciente hasta el último momento por su vida, que me hizo ver que disfrute de esas pequeñas actividades porque son las que más se echan de menos cuando todo va mal. En el segundo, madre e hija, inseparables y luchando siempre, por muchas recaídas que se puedan tener y siempre levantándose, me han enseñado las que más, por eso agradezco a las dos pacientes, donde quiera que estén, todo lo que me han enseñado.

Autor: Mario Ortega Sánchez

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