El regreso: cómo se reconstruye una cooperante después del terreno

Lunes, 1 de junio de 2026

por Reyes Pesqueira Puyol

Del terreno se habla mucho cuando empieza una misión. Se habla de la salida, de la preparación, del destino, de la adaptación. Se habla del antes. Pero se habla poco del después. Como si el regreso fuera solo una cuestión logística: un billete de avión, una maleta, una despedida rápida y vuelta a casa.

Quien ha trabajado en cooperación sabe que volver no es tan sencillo. El regreso no es un punto final ni un trámite. Es una fase compleja, silenciosa y, muchas veces, solitaria. Porque mientras tú vuelves, la vida que dejaste atrás ha seguido su curso. Y tú ya no eres exactamente la misma persona que se fue.

El cuerpo llega antes que la cabeza.
La cabeza antes que las emociones.
Y las emociones, a su propio ritmo.

Volver no es terminar una misión, es empezar a integrar lo vivido. Copy Reyes Pesqueira Pujol

La sensación de desajuste

Al principio parece que todo encaja. Estás de vuelta, ves a los tuyos, recuperas rutinas conocidas. Pero algo no termina de cuadrar. Hay conversaciones que se quedan cortas, silencios que pesan, preguntas que no sabes cómo responder sin simplificar demasiado o sin remover cosas que los demás no pidieron escuchar.

No es que no quieras contar. Es que no todo se puede traducir.

Hay experiencias que no caben en una anécdota rápida ni en una frase amable. Entonces aparece esa sensación extraña: estar rodeada de gente y, al mismo tiempo, sentirte fuera de lugar. Como si una parte de ti siguiera en terreno, procesando despacio lo vivido.

El regreso invisible

Nadie te prepara de verdad para el impacto del regreso. Hay briefings de salida, recomendaciones prácticas, consejos bienintencionados. Pero el ajuste emocional es otra cosa. Más difuso. Más difícil de nombrar.

De repente te das cuenta de que ciertas cosas ya no te afectan igual. Otras, en cambio, te atraviesan con más fuerza. Te sorprendes reaccionando de formas nuevas, cuestionando prioridades que antes dabas por sentadas, sintiéndote incómoda en espacios que antes eran seguros.

No es pérdida de identidad. Es reconfiguración.

El problema es que esta reconfiguración suele vivirse en silencio. Porque desde fuera parece que “ya pasó”, que estás bien, que volviste. Explicar que sigues procesando no siempre encuentra espacio ni comprensión.

Volver no es retroceder

Hay una idea que pesa mucho: que volver es una forma de rendirse, de abandonar, de dar un paso atrás. Nada más lejos de la realidad. Volver es parte del ciclo. Es una transición necesaria si quieres seguir cuidando sin romperte.

He visto a personas intentar saltarse esta fase, enlazar misiones sin pausa, no mirar atrás. A corto plazo parece que funciona. A medio plazo, el cuerpo o la cabeza pasan factura. Porque lo no elaborado no desaparece: se acumula.

Reconstruirse después del terreno implica darse permiso para parar, para integrar, para recolocar lo vivido. No es tiempo perdido. Es tiempo de cuidado.

La dificultad de pedir apoyo

Otro de los grandes retos del regreso es reconocer que necesitas acompañamiento. Después de haber sostenido situaciones complejas, pedir ayuda puede vivirse como una contradicción. Como si ya no tuvieras derecho a sentirte vulnerable.

Pero el retorno es precisamente el momento en el que más apoyo hace falta. No necesariamente terapia formal, aunque a veces sí, sino espacios seguros donde poder hablar sin explicar demasiado, sin justificar, sin minimizar.

A veces basta con alguien que entienda que volver no es fácil, aunque desde fuera lo parezca.

Integrar, no olvidar

Reconstruirse no significa borrar lo vivido ni “pasar página” rápido. Significa integrar. Darle un lugar a la experiencia para que no se convierta en una carga silenciosa ni en una nostalgia permanente.

Integrar es aceptar que algo cambió. Que miras distinto. Que eliges distinto. Y que eso no te aleja de los demás, aunque a veces lo parezca, sino que te acerca más a quién eres ahora.

Con el tiempo, el regreso deja de doler. No porque olvides, sino porque lo vivido encuentra su sitio. Y entonces, poco a poco, vuelves a sentirte en casa. No exactamente en la misma, pero en una que reconoces.

Cierro la mochila por hoy concluyendo que…

Volver también forma parte del viaje. No es el final del camino, sino una etapa más del cuidado. Cuidarse al regresar es tan importante como cuidarse en el terreno, porque es ahí donde la experiencia se asienta y se transforma en aprendizaje.

Porque “volver es también es cuidar”.

El regreso no se hace en un día ni en un vuelo. Se hace con tiempo, con paciencia y con honestidad. Hacerlo bien es una forma profunda de respeto hacia lo vivido.

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“Reflexiona, comparte y actúa: la cooperación se transforma con decisiones pequeñas pero valientes”.

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