Relato enfermero: Suena el despertador

Miércoles, 11 de agosto de 2021

Suena el despertador, me levanto de la cama y, como todos los días, pienso: ¿Todo lo que hemos vivido ha sido un sueño? Y ahí es cuando la realidad me golpea y me doy cuenta de que fuera todo sigue igual. Salgo a la calle, todavía es de noche y tengo media hora de camino andando hasta el hospital. Empieza a llover y desearía estar bajo las sábanas hasta el mediodía.

Bebé
Bebé

El vestuario está abarrotado, me cambio en el poco espacio que queda. Me recojo el pelo en una coleta y recorro los pasillos del hospital. Ahí está.

Abro las puertas de la tercera planta de maternidad y los primeros rayos de sol entran por la ventana del box que tengo enfrente haciendo que las bolas del árbol de navidad que hay puesto en el pasillo brillen. Puedo notar el olor característico a bebé y empiezo a oír sus llantos y el movimiento de la primera hora de la mañana.

Damos el cambio de turno para conocer a los nuevos pacientes que han llegado a la planta y saber el estado de los demás. Lo primero que hago es sacar las analíticas postparto y tomar las constantes y he de decir que me encanta ir a las habitaciones y conocer a todas las personas de la planta. Después, reparto la medicación junto a una de las enfermeras y cuando tengo algún momento libre, me uno a la auxiliares para hacer las higienes de los recién nacidos.

Como hoy no hay mucho jaleo en la planta y nos sobra tiempo, la supervisora me deja bajar a paritorios para ver por primera vez un parto. En este momento me invade la ilusión y el miedo a lo desconocido. Bajo con emoción hasta la primera planta y nada más entrar ya escucho a la futura mamá quejándose de dolor.

Ella estaba sola en la habitación. Nada más entrar para ver cómo se encuentra, puedo ver el miedo y el dolor en su cara. Intento tranquilizarla junto con la estudiante de auxiliar de enfermería. Le conseguimos sacar alguna que otra sonrisa, pero rápidamente vuelve a quejarse de dolor. Resulta desesperante ver que sufre y lo único que puedes hacer es intentar tranquilizarla con palabras.

Cinco minutos después, ya con la epidural puesta y acompañada por su madre, se respira otro ambiente en la habitación, aunque aún se nota el miedo de las dos. Pasamos un buen rato charlando y respondiendo sus preguntas. La verdad es que las dos son una maravilla de personas.

Como ella estaba relajada y aún no había dilatado suficiente, acompaño a una de las matronas a quirófano junto con otras estudiantes. Me lavo las manos con nuestro gran amigo inseparable: el gel hidroalcohólico. Me pongo las calzas, el gorro y otra mascarilla quirúrgica.

Impresiona el momento de entrar a la zona de quirófanos, todo está tan limpio y estéril. Pasan médicos, enfermeros y auxiliares agotados de pasar horas de pie, pero con un brillo en los ojos de satisfacción por el trabajo que acaban de hacer. Se preguntan unos a otros cómo está su paciente y cómo están ellos. También pasan celadores y pacientes en sus camillas listos para entrar.

Una de las auxiliares me indica dónde tengo que colocarme, y ahí me quedo, sin moverme ni un centímetro para no molestar. La anestesista pone la epidural a la paciente. Se le nota muy nerviosa y empieza a hiperventilar, en el monitor veo como su frecuencia cardíaca empieza a aumentar y la mía también lo hace. ¿Cómo es posible conectar tanto con alguien con quien ni siquiera he hablado? Me pregunto a la vez que ya tengo mi respuesta: este sentimiento es por lo que quiero dedicarme a la enfermería.

Pasan unos minutos y ya está todo preparado para comenzar con la cesárea. Todo el equipo empieza a trabajar al unísono, parecía que la enfermera instrumentista podía leer la mente de las dos matronas que estaban allí, eso facilita mucho su trabajo. Y después de un buen rato, por fin veo al bebé. Empieza a llorar y voy junto con la matrona a la cuna para revisarlo rápidamente y volver a llevarlo al quirófano para que conozca a su mamá. Ese, sin duda alguna, ha sido uno de los momentos más bonitos y emocionantes de todo el tiempo que llevo en el hospital.

Volvemos juntas al paritorio, donde nos espera la otra futura madre. Todavía sigue tranquila, y parece que el parto no avanza, el efecto de la anestesia ha hecho que no sienta absolutamente nada, así que la matrona le enseña a empujar cuando ve las contracciones en el monitor. Pasan unos minutos empujando y relajándose, hasta que ya está lista. Llaman a celadores para pasarla al paritorio y comenzar con el trabajo del parto. Nos vestimos con las batas, calzas, gorros, guantes y mascarilla y me pongo junto a la matrona. ¿Algún día seré capaz de hacer lo que hace ella? Es impresionante ver como transmite calma a la paciente y a su madre, el cariño que les da y la paciencia que tiene durante todo el tiempo. Animo a la acompañante a que vea la cabeza del bebé, que ya se puede ver saliendo. Cuando se asoma puedo notar en sus ojos la gran sonrisa que se ha puesto en su cara, aunque la mascarilla no me permita verla. ¡Qué momento tan bonito!

Tras unos cuantos empujones más, la matrona saca la cabeza por completo, después un hombro y más tarde el otro hombro, seguido por el resto de su pequeño cuerpo. Y ahí está, el resultado que todos esperábamos, ver a una madre feliz y emocionada con su hijo en brazos. Ninguno podíamos dejar de mirar esa carita tan bonita, salvo la matrona, a quien veo como le cae una gota de sudor por la frente. Intenta coser cuidadosamente los desgarros que le había provocado el parto, pero apenas veía algo con la sangre, aun así, mantiene la calma mientras limpia la zona con gasas. Pasados unos minutos termina su trabajo muy satisfecha, aunque hecha un manojo de nervios.

Me despido de la paciente hasta que suba a planta de nuevo, y de las demás profesionales que estaban allí.El tramo de escaleras que tengo que subir hasta la tercera planta me sirve para reflexionar. ¡Cómo admiro el trabajo de nuestras compañeras! Qué bonita es esta profesión y qué orgullosa me siento de que la vida me haya traído hasta aquí, y me haya brindado la oportunidad de estar presente en momentos como estos. Es una pena que no todo el mundo tenga esa visión de nosotras y nos pisoteen y menosprecien, aunque también he notado un cambio bastante grande respecto a esto.

Y de nuevo ese olor a vida. Nada mas llegar acompaño a la enfermera y a la ginecóloga a ver a las pacientes. Y media hora después llegan las pediatras a ver a los recién nacidos y dar el alta a los que están listos para salir al mundo. Después, junto con una de las enfermeras, hacemos las altas de enfermería y entregamos los demás documentos a las familias que pueden seguir con esta aventura en casa.

Después de esto preparo algunos biberones, retiro vías, medicación… Y, por último, pero no por ello menos importante, paso la última media hora con la matrona ayudando a una de las puérperas a dar el pecho. Admiro la paciencia y el conocimiento que tiene para conseguir que el bebé por fin se enganche al pecho. ¡Qué cara de agradecimiento y alivio tiene la mamá!

Y es que después de un día así, lleno de emociones y de momentos tan grandes como estos, ha merecido la pena levantarme de la cama y en un futuro ojalá una alumna se sienta tan orgullosa y emocionada con mi trabajo como me he sentido yo al ver el trabajo de todas las enfermeras y enfermeros, médicas y médicos, auxiliares de enfermería, celadores… y todo el que hace posible el trabajo en un hospital.

Autora: Laura  Piquero Fernández

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