Una experiencia difícil de olvidar

Martes, 1 de diciembre de 2020

Después de reflexionar sobre el episodio que estamos viviendo como consecuencia de la COVID-19, me atrevo a decir que es el peor de los pulsos que han vivido la enfermería y sus profesionales en los últimos 20 años. En un principio se podía pensar que iba a ser algo alarmante, pero no imaginábamos que pudiera suceder algo tan sumamente grave.

Toda la Unidad de Traumatología en la que trabajo se transformó en pocas horas para dejar paso, como decíamos, a la COVID-19. Formaciones a toda prisa para aprender el manejo de los equipos de protección individual (EPI) a fin de poder atender a la población infectada, que en horas iba creciendo de modo angustioso. Los pasillos limpios de la unidad comenzaron a llenarse de grandes cantidades de botes de solución alcohólica, guantes, batas impermeables, cubos de recogida de ropa y otros desechos, etc.

La primera sensación al entrar a una habitación “COVID” era de miedo, tapada completamente con doble gorro, gafas de protección, doble mascarilla, bata impermeable y doble guante. Ni el peor paro cardiaco o la cesárea más urgente eran comparables a la taquicardia que experimentaba.

La medicación habitual de la unidad desaparecía de repente, los parámetros a tomar a los pacientes se modificaban y, cómo no, el cerebro, la experiencia y el ojo clínico de la enfermera buscaba desesperadamente su paso por aquella Medicina Interna intentando hacer memoria.

Se intentaba que los equipos de personas se ajustaran a la necesidad, pero la ratio de enfermeras disminuía y cada día conocíamos a un médico nuevo. Sin embargo, tuve la oportunidad de ir conociendo un poco más a mis compañeros, se desprendía un ambiente de ayuda y colaboración en sus miradas y palabras durante estos largos días.

Aunque procuraba que la atención al paciente fuera excelente, la situación era difícil e incómoda, no estaba acostumbrada a mantener este distanciamiento, tanto físico como visual, las entradas en las habitaciones se reducían durante el turno, pero la incomodidad de atender como un astronauta durante 10 horas con los EPI puestos reducía la sensación de solitud experimentada hacia al paciente. La incertidumbre de no ver a la persona tantas veces como me hubiera gustado para chequear que su estado era correcto me producía una sensación de falta control, aunque la muestra de compresión de los pacientes fue excepcional.

Trabajaba minuciosamente, con la protección necesaria y obligada, esperando a mi compañero detrás de la puerta de la habitación para que me ayudara con la entrada de material, recepción de muestras, etc., convirtiéndose en mi espejo para desvestirnos en los primeros días por falta de práctica. Y todo ello pensando hasta cuándo durará esto, ya no hay más sitio, con tomas de oxígeno y camillas por los pasillos del hospital, los quirófanos y algunos despachos convertidos en UCI. Parecía que los días no pasaran atrapada en un ciclón.

Volver a casa derrotada y tener que compartir espacios con la familia con el miedo a contagiarlos, pero a la vez estar con los ánimos arriba para alegrar el día a día de las pequeñas de la casa, era también algo diario.

Sin embargo, poco a poco sucedió lo que tanto deseábamos, fuimos la primera unidad “limpia” del hospital y de vuelta, mis pacientes de traumatología, pareciendo como si de un sueño se tratara lo que había vivido durante dos meses.

La mezcla de sentimientos y sensaciones experimentados han sido opuestos: miedo, valentía, humildad, heroicidad, pero sobre todo compañerismo. La pertenencia a una institución y a un colectivo profesional, la enfermería, es todo un orgullo que espero que la sociedad sepa valorar.

Pero aún persiste el riesgo, la COVID-19 sigue estando entre nosotros, y no podemos bajar la guardia ni olvidar todas las precauciones que son necesarias mantener para evitar nuevos contagios. Los repuntes de infecciones están nuevamente apareciendo y por nada del mundo quisiera volver a vivir la experiencia que acabo de relatar.

Marcos Antón G. Una experiencia difícil de olvidar. Metas Enferm oct 2020; 23(8):79-80

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