Abordar la COVID-19: el caso de pacientes de salud mental y discapacidad intelectual

Jueves, 18 de febrero de 2021

“Los cambios, de forma general, siempre crean incertidumbre, y si son debidos a la situación de pandemia aún más”, comienza José Antonio Córdoba, del Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos, en la Comunidad de Madrid, que atiende a pacientes de, entre otras áreas, salud mental y discapacidad intelectual. Destaca, al respecto de los nuevos protocolos que se han tenido que implantar en el centro, la capacidad de resiliencia de los residentes. En este sentido, apunta que se han puesto en marcha numerosos procedimientos, como los referentes al aislamiento, la higiene, la desinfección, la limpieza o la utilización de recursos materiales.

“Estos cambios –señala, por su parte, su compañera Nazaret Martínez– han supuesto una modificación radical en la vida de nuestros residentes. Los afectados de discapacidad intelectual, antes de la COVID-19, tenían mucha actividad durante el día, acudían a sus talleres o aulas y tenían mucho ocio. Se hacían salidas a diversas partes, incluidos los campamentos de verano”. Ahora, tras el coronavirus, estas acciones se han cancelado de forma taxativa; algunas se han retomado, como los talleres y las aulas, pero “no es suficiente”, concluye.

Las enfermeras del Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos han tenido un papel muy importante en la aplicación de estos protocolos, especialmente en lo referente a garantizar el correcto cumplimiento de determinadas medidas higiénicas, explica Martínez, y en la identificación precoz de síntomas. Los profesionales de enfermería, añade Córdoba, en esta ocasión “de forma más visible son el nexo de todo el personal que atiene al paciente, fomentando la comunicación y resolviendo los problemas”.

© Centro San Juan de Dios

El día a día en un centro de salud mental y discapacidad intelectual durante la pandemia

Las jornadas en el centro, “al igual que en el resto de España y el mundo, son días grises. Sin embargo, cada vez tenemos más esperanzas de que se vuelva a la antigua normalidad, en la que se podía dar un beso o un abrazo a un ser querido sin necesidad de tener la incertidumbre de que le puedas contagiar”, afirma Córdoba. El trabajo diario en el centro durante esta crisis ha sido duro. “Los residentes han pasado de tener el día ocupado haciendo actividades a solo hacerlas unas horas al día”, argumenta Martínez. Asimismo, incide en la pérdida de contacto con sus familiares, dado que las visitas están controladas y tienen restricciones. “Se realizan videollamadas periódicas a los allegados; estas se han implantado también a raíz del virus y resultan muy gratificantes para los pacientes y las familias”. Asimismo, todos los días, diferentes miembros del equipo multidisciplinar han realizado labores de contacto en diversos horarios, “ya sea vía telefónica, videollamada, mensaje o incluso por correo ordinario, dentro de los distintos recursos de cada familia”, informa Córdoba. A pesar de todo, en el centro “siempre se intenta buscar el lado positivo de las cosas: compañerismo, hospitalidad, etc., son palabras que han sonado con más fuerza que nunca”.

Debido a los cambios implantados por la COVID-19 la comunicación con los pacientes ha tenido un papel “fundamental e imprescindible. Se les ha explicado todo de manera natural y sencilla”, asevera Martínez. Además, cuenta que, para asombro de los trabajadores, todos los afectados han reaccionado a las circunstancias de forma “sorprendente. No sé muy bien si ellos han llegado a entender la gravedad de lo que está pasando, pero está claro que saben que pasa algo y respetan y cumplen las medidas higiénicas que se han tomado”. A este respecto, Córdoba añade que la comunicación y la información son siempre importantes, y más dada la situación, subrayando que hay que transmitir la información “veraz y sincera”, comunicándosela de la forma más sencilla posible “para que la puedan entender y comprender”.

La comunicación con las familias, y siempre teniendo como objetivo la calidad de la misma, ha sido un proceso “complejo”, ya que es un tema que “está a la orden del día, que permanece en los medios de comunicación a todas horas”. Así, cuenta que los allegados “inundaban” sus llamadas con preguntas. “En general, ha habido mucha escucha activa por parte de las enfermeras para intentar tranquilizar esa inquietud emocional y dar estabilidad a los familiares”.

Este aspecto ha sido “más complicado”, continúa Martínez. “Ha habido de todo, familias que han entendido perfectamente desde el principio todas las medidas de seguridad que el centro iba adoptando y otras que, por el contrario, estaban en desacuerdo”. En el ámbito de la discapacidad intelectual el trabajo con los allegados es fundamental, y en estos momentos “aún más, ya que hablamos de madres, padres, hermanos… que no pueden ver, ni tocar, ni besar a sus hijos o hermanos; que se tienen que fiar de la información que reciben de nosotros casi a ciegas. Por esto creo que es importante que exista una buena relación enfermera-familia, que sientan que somos capaces de proporcionar a sus hijos esos cuidados que a ellos les gustaría poder darles”.

Intervenciones enfermeras: necesidades de los pacientes y las familias

Las principales necesidades de los pacientes con discapacidad intelectual han sido “sobre todo de tipo afectivas. Precisaban estar acompañados, ya que para ellos ha sido difícil de entender por qué tenían que estar en una habitación, alejados del resto de sus compañeros y, por supuesto, de sus familiares”. Para los de salud mental, estas necesidades han sido básicamente las mismas que antes de la pandemia de la COVID-19, apunta, por otro lado, Córdoba. “Desde el Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos, y todos los profesionales que lo formamos, se ha procurado aliviar esta situación intentado que resulte lo más amena posible. Nos hemos adaptado a las nuevas circunstancias, siendo conocedores de las mismas y reinventándonos día a día”.

Los enfermeros “hemos puesto todo lo que está en nuestra mano para que sus necesidades estuvieran cubiertas”, explica, a través de la comunicación con los allegados, además de con los compañeros de trabajo, para que todos los requerimientos de los pacientes fuesen resueltos. El personal de enfermería, y en general todos los profesionales, TCAE, médicos, de limpieza, etc., “hemos intentado aliviar estas necesidades, tratando de hacerles el día más llevadero. Siempre con una sonrisa y con innumerables gestos de cariño, intentando estar el mayor tiempo posible con ellos”, señala Martínez.

© Centro San Juan de Dios

Para ello, continúa, se han aplicado desde procedimientos básicos, como el caso del aseo o la alimentación, hasta algunos más complejos, como la toma de constantes o, entre otros, la administración de tratamientos. “Pero en lo que más se ha trabajado es en asegurar el confort de los residentes”. Las técnicas que se han puesto en práctica durante los meses pasados han sido múltiples y variadas, comenta Córdoba, por su parte, trabajando en la atención integral al paciente, “reinventándonos cada día para, así, administrar la mejor calidad de cuidados. En la situación en la que estamos se apartan los antiguos roles de trabajo. Todos somos uno, con un único objetivo: el bienestar de nuestros residentes”.

En el caso de las familias, estas han necesitado “cuidado y protección, saber y conocer que su familiar está bien, que las restricciones no le están causando ningún mal. Es más, que se aplican para preservar su bienestar y su seguridad”. Otra necesidad es la de afecto, dado que el hecho de no recibir visitas, debido a las características del centro “quizá los residentes no pueden entender por qué no hay”, y la mayor preocupación de los allegados “es que los pacientes tengan la mayor información de que no son visitados por fuerza mayor, y que en cuanto se levanten las restricciones acudirán al centro”. “Lo que piden es información sobre el estado de sus familiares y sobre la situación general del centro”, completa Martínez. “Necesitan saber que sus hijos están bien, y desahogarse y soltar todas sus preocupaciones y miedos”. Ante la familia, el papel de la enfermera ha sido crucial, “nuestros enfermeros han integrado a los familiares como objeto de cuidado. Se ha realizado un enfoque global para aumentar la calidad de la asistencia”, destaca, en este sentido, Córdoba.

“Personalmente, estoy muy orgullosa de formar parte del equipo en el que estoy. Han demostrado con creces su profesionalidad y su calidad humana. Los sanitarios nos crecemos en los malos momentos, lo importante es trabajar en equipo y saber, con toda seguridad, que habrá un compañero ahí para cuando tú no puedas más”, concluye Martínez.

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