Cuando me sentí realmente una enfermera

Miércoles, 22 de octubre de 2014

Era una mañana como otra cualquiera, me encontraba en mi consulta de Enfermería de un pequeño consultorio médico de la provincia de Teruel. Me había convertido en la “practicanta” y eso hacía que la gente del pueblo, en su mayoría ancianos, confiaran en mí como una agente de salud. La mañana transcurría tranquila y me disponía a repetir una prueba que había salido alterada el día anterior para ajustar la medicación anticoagulante de un paciente, cuando éste, José, me hizo sentir realmente importante.

José se encontraba más callado que de costumbre mientras le realizaba la prueba. Le pregunté qué tal se encontraba y solo me dijo que bien, esquivando mi mirada. Comprendí que algo le sucedía e insistí en la pregunta: “José, ¿le ocurre algo?, ¿quizá está preocupado por el resultado que le dio ayer esta prueba?”

Comenzó diciéndome que eso no le preocupaba, que lo que ocurría era que se encontraba algo mareado y que esa misma mañana había tenido una hipoglucemia. Realmente, mi preocupación no era por esa complicación en su diabetes, pues se trataba de un hombre con diabetes mellitus insulinodependiente que sabía manejar su enfermedad. Sin embargo, me pareció un buen tema para ahondar en su problema.

“¿Cómo se dio cuenta de la bajada de glucosa? ¿Por esa sensación de mareo?”. El me respondió que no, que lo había sabido al hacerse la glucometría, antes de ponerse la insulina. Tras abordar este tema con el enfermo y comprobar que sabía controlar su enfermedad y responder a las complicaciones derivadas correctamente, intenté averiguar por qué había ocurrido. Fue en ese momento cuando José me contó su verdadero problema: la soledad.

Nunca antes me había enfrentado sola ante un caso como éste, por lo que intenté recordar los consejos que a lo largo de mi formación había recibido de mis profesores, en especial, de mi tutora de segundo curso de Enfermería. Recordé sus palabras: “cuando no sepas qué hacer, escucha al paciente, empatiza con él y ayúdale a encontrar las herramientas para que él mismo solucione el problema”. Y así hice, intenté mostrarle que podía confiarme su problema, que podía contarme todo lo que él quisiera, que yo estaba allí dispuesta a escucharle, a intentar comprender lo que le pasaba, para ayudarle.

Fue conmovedor oír a una persona que había luchado toda su vida para ser independiente, pero que ahora, cuando su patología le había hecho sentir frágil y vulnerable, se había dado cuenta de que necesitaba a alguien a su lado, pues se sentía incapaz de seguir luchando solo, precisaba de alguien que le cuidara, que se preocupara por él y le ayudara a recuperar su independencia.

Como llevaba solamente un par de meses trabajando en el consultorio en una sustitución y no conocía su situación familiar le pregunté si tenía mujer, hijos, vecinos, alguien que pudiera cuidarle cuando la enfermedad lo atormentara. Le expliqué que la enfermedad nos hace sentir vulnerables a todos, nos hace darnos cuenta que de vez en cuando necesitamos que alguien nos cuide, pero que eso no quiere decir, ni mucho menos, que no siguiéramos siendo independientes, capaces de cuidarnos a nosotros mismos. Significaba, más bien, que hay momentos en los que tenemos que dejarnos cuidar.

El problema era que su mujer, que se ocupaba antes de esto, había fallecido hacia unos años, sus hijos se encontraban lejos y no quería resultar una carga para ellos, ni para su vecina, que tan desinteresadamente se había preocupado por él. Pensé que su vecina podía ser la clave, por lo que me interesé por saber cómo era su relación con ella.

Me contó que siempre que le había urgido alguna cosa, ella no había dudado en echarle una mano, en ir a visitarlo para comprobar que todo iba bien, que no necesitaba nada o por el contrario que precisaba de su cuidado. Se trataba de una relación recíproca, ella cuidaba de él y él cuidaba de ella (siempre y cuando fuera necesario).

Le dije: “José, sabes que yo estoy aquí y que puedes contar conmigo para lo que necesites, yo me doy cuenta de que ahora mismo no te encuentras en el mejor de tus momentos y que te hace falta alguien que esté a tu lado, por si pudieras necesitar alguna cosa”.

Él me dijo algo que me dejó conmocionada: “Mi mujer ya no está y yo no sé por qué sigo aquí”.

Es difícil encontrar la manera de ayudar a alguien que está perdiendo las ganas de vivir, pero tenía que intentarlo. Es en situaciones como ésta, cuando la enfermedad nos pone a prueba y nos hace enfrentarnos a nuestros temores, cuando tenemos que ser más listos que ella y hacerle ver que tenemos las armas para seguir luchando.

“Todos necesitamos que nos cuiden, igual que usted cuida de su vecina cuando se lo pide, sin ningún problema ni sentimiento de carga. Esto que le ocurre es una situación puntual y cuando se recupere se dará cuenta de que sigue siendo independiente y de que es incluso capaz de cuidar de los demás, pero para eso necesita que le cuiden primero”.

Sus ojos me hicieron ver que estaba de acuerdo con lo que le decía, que era posiblemente eso lo que le estaba sucediendo, algo puntual. Le reforcé lo bien que manejaba su enfermedad: “eso es ser independiente”, le dije, “pero no es malo, ni debe avergonzarse de necesitar que alguien le ayude, piense en cómo se sentía antes de que esto le pasara”.

El tono de su voz cambió cuando me contaba lo bien que se las apañaba él solo. Se hacía la comida, se aseaba, cuidaba de su hogar, etc. Hablaba en presente, pues podía seguir haciendo todo eso, solo que necesitaba más tiempo y tenía menos ganas, pero podía hacerlo: “igual tuve la hipoglucemia porque a veces no me encuentro bien y no tengo ganas de cenar, no me apetece hacer la cena, solo quiero descansar y ver si se pasa, aunque sé que debo hacerlo, pero no lo hago”.

“Pues bien José, es en esos momentos cuando tiene que pedir ayuda a su vecina, ella estará encantada de ayudarle y yo estaré tranquila sabiendo que está bien atendido”.

Él esbozó una sonrisa y me miró a los ojos. Esa fue su forma de darme las gracias y en ese momento comprendí lo importante que era mi trabajo y me sentí realmente una enfermera.

Fuente de consulta: González Giménez AP. Cuando me sentí realmente una enfermera. Metas de Enferm oct 2012; 15(8): 77-78

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