Difícil fue no verte

Miércoles, 8 de diciembre de 2021

Difícil fue no verte cuando estábamos confinadas, pero estabas viva. Conversábamos por videollamada, me preguntabas cómo estaba la situación en el hospital. Mientras, yo me hacía la despistada y tú sonreías. También me dabas fuerzas y ánimos para seguir adelante. Luego te despedías con un beso y diciéndome “cuídate, hija mía, quisiera estar a tu lado”.

Ya se hablaba de un virus que me repele hasta su mención, algo que entenderéis. Se decía que tenía su origen en la ciudad de Wuhan, en China. Superaste la primera ola hasta llegar a la segunda, pero como en el mar, unas olas vienen y otras van, llevándose lo que escribimos en la orilla. Paradojas de la vida, esa ola te llevó y me dejó sola ante un mar de dudas que no comprendía. Porque ese virus arrasó con lo más valioso que tenemos, la vida de nuestros seres queridos, amigos y allegados.

Esta experiencia que relato en estas líneas me traslada a ese mar de lágrimas, cuyo barco se ha convertido en submarino, hundido en la tristeza y el dolor, puesto que le resulta imposible salir a la superficie. Así fue cuando en el mes de octubre del pasado año, estando en la segunda ola, ambas nos contagiamos por ese maldito virus. Sí, maldito. Yo lo adquirí en mi lugar de trabajo, como enfermera en una unidad de COVID, y al tiempo que mi madre, pero separadas por 200 kilómetros de distancia. Qué ironía, una mujer empoderada y valiente que, hace un año, perdió a su marido aún tuvo la capacidad de seguir infundiéndome valores como el respeto, la bondad, la entrega a los demás, la humildad y tantos otros que aún mantengo y llevo a la práctica en mi profesión como enfermera.

Por su parte, mi padre se fue en silencio, tras una larga y dura enfermedad. Ese mismo día fue doblemente trágico, porque mientras lo despedíamos en el tanatorio, otro miembro joven de la familia era diagnosticado de un cáncer maligno, pero mantuvo el tipo, sin derramar una lágrima por él y sí por su abuelo, al que también tuvo como padre, ya que lo perdió con 14 años. No es posible, no puede ser, cómo, si es un joven que había regresado de Erasmus con esa alegría que solamente los valientes llevan a cuestas, generoso, estudioso y buena persona. ¿Por qué? Todo estaba preparado, tal vez. Los astros se alinearon. O quizás ese ser superior, al que todos llamamos Dios, quiso ir preparando el terreno. Y lo hizo comenzando por mi padre, seguido de mi querida madre el 7 de noviembre de 2020.

Transcurrido un mes nos abandonó otro familiar, también por COVID-19; así, acabó el año. No obstante, estábamos ante el inicio del nuevo, bajo la incógnita de otra pérdida. Estábamos a finales de enero, cuando la tercera ola me hundió nuevamente en el dolor y la angustia de un mar embravecido que arrastró a mis seres queridos y, de paso, a nuestro ya maltrecho corazón. Enmascarar tantas ausencias pasa factura en el trabajo.

Pese a ello, existe una fuerza interior que, como enfermera, saco a la luz ante los pacientes, pues anhelan una palabra de cariño que los reconforte durante la estancia hospitalaria. En el mejor de los casos, han podido salir adelante reforzados por esos lazos humanos que hemos establecido, sin ser conscientes de ello, y que marcan nuestro saber hacer como enfermeras empoderadas, valientes y luchadoras. De otro modo, intentamos que aquellos pacientes que fallecieron lo hiciesen con la mayor dignidad posible, rodeados de unos profesionales de la enfermería, y de todo un equipo, que han trabajado con la fortaleza suficiente para acompañarlos en una travesía empañada por esas olas de dolor. Y qué decir, al ser preguntada si tenía o sigo teniendo miedo. Lo cierto es que, inicialmente, sí estaba asustada, porque estábamos ante un virus desconocido y necesitamos de un aprendizaje rápido, que ha ido dando sus frutos hasta nuestros días, con las medidas de prevención y las ansiadas vacunas que poco a poco nos harán salir de este mar de fondo. Por consiguiente, es algo que no puedo ocultar. Sin embargo, he de reconocer que tanto Florence Nightingale como nuestra querida Isabel Zendal lo tuvieron más complicado. Siendo mujeres, lucharon contra las adversidades de la época, con escasos recursos; aunque supieron aprovechar las oportunidades que como mujeres les fueron brindadas, bien en un hospital de campaña o atravesando continentes con menores a su cargo. De ahí que se convirtieran en verdaderas heroínas del cuidado. Honor del que hemos sido partícipes cada vez que nos han ofrecido esos calurosos aplausos. Por tanto, es de justicia rescatar ese legado tan valioso hasta nuestros días, bañados por una pandemia tan letal como pudo ser la viruela.

Debo añadir que, como enfermera, estoy convencida de que derrotaremos ese virus con nuestro esfuerzo y profesionalidad hasta que esas olas dejen de ser olas de dolor.

Autora: Mª Luisa Molina Ibáñez

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COVID-19, pandemia, Relato, Relato enfermero

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