El tiempo

Miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cuando pasas por una situación difícil que se alarga en el tiempo (y aunque es cierto eso de que no hay mal que cien años dure… pero qué largo se hace) necesitas ver la luz al final del túnel, y sobre todo necesitas creer en ti y que eres útil para los demás. Este fue el motivo por el que yo estudié Enfermería.

Todos los años de estudio se viven con gran ilusión y deseas acabar cuando antes para poder empezar a ejercer tu profesión, y poner en práctica todo lo que has aprendido y para lo que te has preparado. Cuando comienzas a trabajar te vas dando cuenta de que las cosas no son como ponen en los libros y, sobre todo, te das cuenta del poco tiempo que tienes durante los turnos de trabajo para dedicárselo a tus pacientes y hacer eso que tanto has oído durante toda la carrera “empatía, cuidados enfermeros, escucha, etc., etc.”.

La gran mayoría de las veces salgo del mi turno con la sensación de que habría podido hacer algo más, que podía haber dedicado un poco más de tiempo a esa mujer que me estaba contando el miedo que tenía a la prueba que esa misma mañana le iban a realizar, o cuando el paciente de la habitación de al lado me contaba que había pasado mala noche. Pero, claro, esos minutos que “pierdes” en escucharles, son los que tú tienes para tomar las constantes o administrar la medicación.

Es un poco frustrante, pero tienes tantos pacientes a tu cargo que es imposible hacerlo de otra manera y, peor todavía, si hablamos del turno de noche en el que somos menos enfermeras, lo cual implica que cada una de nosotras es responsable de más enfermos, muchos de ellos, por no decir la gran mayoría, con un miedo atroz a la noche y a que su situación pueda empeorar en ese tiempo.

Reconozco que el trabajo en una planta de hospital es muy estresante, que no tienes tiempo para nada, pero también se siente una gran satisfacción cuando ves que después de mucho tiempo ingresado, un paciente sale de alta y te dedica una sonrisa.

Después de un tiempo me cambiaron a diálisis. Aquí las cosas van más despacio. Es cierto que en un principio los enfermos desconfían de ti y que tienes que ganarte poco a poco su confianza, que la máquina de diálisis pita a cada instante por todo y que, como todo cambio, necesitas un periodo de adaptación. Pero cuando pasa el tiempo, los pacientes empiezan a confiar en ti y eres capaz de dominar la máquina.

En ese momento es cuando empiezas a sentirte mejor y tienes más confianza en todo lo que te rodea. Tienes mucho más tiempo, que puedes dedicarlo a una atención más personalizada, que con el tiempo se convierten casi en parte de tu familia, pues pasas muchas horas con ellos al cabo de la semana. Las sesiones de diálisis se hacen tres días a la semana durante cuatro horas cada sesión, cada paciente tiene un turno que es elegido por ellos para que lo puedan compaginar mejor con su vida cotidiana, cosa que como podéis imaginar es bastante complicado, pues un día sí y otro no tienen que acudir al hospital, eso unido a que viven pendientes de una llamada de teléfono, hace complicado tener al menos una vida tranquila.

Las enfermeras de diálisis acabamos conociendo a la perfección a nuestros pacientes, sabes sus inquietudes y su ansiedad porque llegue ese ansiado riñón, en el caso de que se pueda trasplantar, y en los casos en los que no se puede intentas animarles, que comprendan su situación.

La sensación que tienes cuando a uno de tus pacientes (porque son tuyos) te llama por teléfono para avisarte de que tienen un riñón para él es inigualable a cualquier otra, pues sabes que eso puede hacerle cambiar su vida y de alguna forma vuelven a nacer. Pasas los nervios con ellos, esperas que todo vaya bien y cuando por fin salen, te sonríen y te dicen esa frase que se repite trasplante tras trasplante: “ahora nos tendremos que ver fuera porque no vuelvo a diálisis”. Es una satisfacción única.

Cada servicio es irrepetible y especial por lo que te aporta no solo como profesional sino también como ser humano, es importante saber disfrutar del trabajo, para de este modo poder aportar todo de ti durante tu jornada laboral. Intentar escuchar a los pacientes y comprender su situación es la mejor terapia que se puede aplicar, aunque en ocasiones sea difícil.

Si tuviera que volver a elegir una profesión elegiría ser enfermera, nada es más gratificante para mí que el poder ayudar a los demás como un día me ayudaron a mí.

Fuente de consulta: Rodríguez Merino, A. El tiempo. METAS de Enferm, may 2013, nº 4

 

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