La noche más larga

Martes, 17 de marzo de 2015

El contacto directo con el dolor y el sufrimiento del enfermo y su familia genera sentimientos perturbadores en el profesional de la Enfermería. Las vivencias estresantes que acontecen durante la relación terapéutica provocan emociones intensas que deben canalizarse para preservar nuestra salud mental. Uno de esos momentos lo viví hace algunos años, mientras trabajaba en una unidad de hospitalización.

Volvía a tener turno de noche. Preparé la cena y el café que me iba a llevar al hospital y salí de casa dispuesta a comenzar una nueva jornada. Llegué temprano a la planta para que mi compañero de tarde pudiera darme el relevo pronto. Me dijo que en la habitación 209 acababa de ingresar una paciente de 14 años, con un problema oncológico, porque en la planta de Oncología no quedaban camas libres. El servicio donde yo trabajaba era una sección de traumatología en la que se trataban sobre todo fracturas de cadera, con una media de edad de 78 años.

Preparé la medicación y comencé a entrar en las habitaciones para administrarla y saludar a los pacientes. Mis pacientes me recordaban a mis abuelos, tan tiernos y agradables como ellos, y agradecidos por la atención recibida, lo que me hacía sentir contenta con mi trabajo.

Llegué a la habitación 209, la habitación de Fátima. Era una estancia individual que se utilizaba cuando había que aislar a algún paciente por algún motivo. Fátima tenía una larga historia clínica a pesar de su corta edad. A los 9 años le detectaron un osteosarcoma en la tibia derecha, sufrió la amputación de la pierna, tuvo que volver a pasar varias veces más por quirófano, había recibido varios ciclos de radioterapia requiriendo múltiples ingresos, etc.

Encontré a una niña delgada, de mirada penetrante. Sus ojos grandes y brillantes me interrogaban acerca del motivo de mi presencia en la habitación. Su madre, sentada junto a la cama, mostraba una expresión cansada y resignada.

Saludé y me presenté. Solo la madre me respondió con un “buenas noches” casi imperceptible. Le administré el tratamiento que tenía prescrito y me despedí con un “hasta luego”. Continué la ronda por la planta, pero no podía dejar de pensar en Fátima y en esa arbitrariedad de la enfermedad que no respeta ni a los pequeños.

Fátima tenía una anemia severa producida por la enfermedad y los sucesivos tratamientos que había recibido. Precisaba una transfusión sanguínea y tanto su madre como ella sabían que era la única solución para paliar su estado. Cuando llegó la bolsa de sangre me dispuse a administrarla. La expresión de Fátima era de enfado y desagrado, parecía que en vez de mejorar su situación mi intervención le perjudicaba.

El timbre de su habitación no se hizo esperar. La sangre había dejado de caer. Comprobé que el catéter se había extravasado y tenía que canalizarla una nueva vía. ¡No quiero más pinchazos ni más torturas! Su madre le pedía que se tranquilizara y yo intentaba explicarle que era necesario, pero ella seguía rebelándose. A su edad yo también había sido rebelde con el mundo que me rodeaba, como tantos adolescentes que viven en la dicotomía dependencia-independencia. Pero su rebeldía tenía sentido. Era consciente de su inminente final y aún no había disfrutado de la vida.

Rosario, la madre de Fátima, estaba desbordada. La escena era desgarradora: la niña gritando con desesperación, una madre angustiada y una joven enfermera sin apenas recursos para afrontar la situación. Y es que nadie nos enseña a tratar con el sufrimiento humano.
Rosario salió de la habitación. Necesitaba respirar, ya no podía más, había claudicado. Se sentía sola y no podía compartir su angustia con nadie. Lejos de unir a la familia, la enfermedad de Fátima había fracturado la unidad familiar. Rosario se había volcado completamente en las necesidades de su hija. Las largas estancias hospitalarias la habían distanciado de su marido y de sus otros tres hijos que habían terminado viviendo lejos de ellas. Fátima se sentía culpable de la separación de sus padres y percibía en sus hermanos cierto sentimiento de rechazo. Creía que su muerte liberaría a Rosario de la condena de cuidarla y deseaba terminar con el sufrimiento de su madre. Yo le pregunté si había hablado del tema, pero me dijo que nunca se habían atrevido a hacerlo. Comenzó a llorar con desesperación y yo dejé que lo hiciera hasta desahogarse. Estuvimos hablando un buen rato de sus expectativas, su incertidumbre y del amor que sentía por su madre. Cuando entró Rosario en la habitación era evidente que también había estado llorando, sus ojos la delataban. Fátima se levantó de la cama y fue a abrazarla. Las dejé solas para que hablaran.
Cuando volví un rato después, Fátima estaba más receptiva y permitió que le instaurara una nueva vía venosa. Antes de irme entré de nuevo en su habitación. Un rayo de luz incidía en la ventana y Fátima, vencida por el cansancio se había quedado dormida. Rosario, recostada en el sillón, le sostenía la mano donde fluía el concentrado de hematíes.

No conseguí conciliar el sueño ese día. La experiencia de la larga noche me había impresionado. Es duro ver sufrir de ese modo a una niña, pero también lo es contemplar a esa madre, o a esos padres, que ven cómo se escapa la vida de sus hijos y deben disimular su dolor en todo momento.

La mayoría de las personas ajenas a nuestra profesión dan por hecho que los profesionales de la salud estamos preparados para cualquier situación límite, cuando la realidad es que salimos de la universidad con más ilusión que seguridad en nosotros mismos. La experiencia es la que va curtiendo nuestra forma de encarar los acontecimientos y nunca se está completamente preparado para todo.

Fuente de consulta: Gómez Enríquez C. La noche más larga. Metas Enferm jul/ago 2014; 17(6): 77-78

¿Quieres comentar la noticia?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*