Partida y regreso: intervenciones enfermeras en el primer trasplante infantil con ECMO entre autonomías

Jueves, 23 de septiembre de 2021

“En el hospital donante, nuestro equipo itinerante estaba dotado de dos enfermeras, Carolina, instrumentista pediátrica, y yo, perfusionista pediátrica. Allí nos esperaba un equipo de enfermería completo, compuesto por tres enfermeras quirúrgicas y dos TCAE, que ya habían preparado el quirófano y al donante y nos ayudaron a instalarnos”, cuenta Paula Burgos, del Hospital Infantil La Paz, en Madrid. Esta enfermera fue una de las participantes en el primer trasplante infantil con técnica ECMO entre comunidades autónomas realizado en España.

© Gabinete de Comunicación del Hospital La Paz

Burgos subraya que su papel en el trasplante comenzó antes de la partida del hospital, seleccionando, junto a los cirujanos, todo el material que debían preparar para que no faltara nada en su destino. “Los equipos de enfermería constituimos un bastión imprescindible para garantizar el éxito de proyectos de esta envergadura organizacional”. Así, esta enfermera señala que el papel de la instrumentista pasó por preparar mesas de instrumental, disponer los campos para proveer un acceso estéril al donante, vestir a cinco cirujanos o instrumentar con precisión a todos ellos para conseguir asegurar, en el mínimo tiempo posible, tras la determinación de la asistolia, la canulación, “haciendo solo así posible la técnica que permite recuperar los órganos para donación. Sin su pericia técnica, la celeridad de los cirujanos no habría sido posible”.

Por otro lado, detalla su labor como la selección del equipamiento de perfusión más adecuado a las características del donante y su condición y la recuperación de los órganos objetivo, tras los minutos en que han estado en situación de isquemia caliente, mediante perfusión abdominal normotérmica. “No puedo describir la sensación que produce, como responsable del desarrollo de esta técnica, constatar su progresión adecuada cuando observo la evolución correcta de los órganos, confirmo analíticamente que mis intervenciones están alineadas con sus necesidades concretas”. “El desgarrador lamento de una madre coincide en ese momento con el aliento vital de otra que nos espera ver pasar, a nuestro regreso, con una maleta llena de oportunidad para su pequeño”, destaca Burgos.

En el hospital receptor, continúa, mientras el equipo abordaba estas labores, otro llevaba horas desplegado para organizar todo con el receptor y su familia. Las enfermeras coordinadoras de trasplante, la supervisora de quirófanos del hospital infantil, las enfermeras de la unidad de hospitalización, instrumentistas, circulantes y de apoyo a anestesia infantil, de UCI pediátrica y los TCAE trabajaron cada hora para ese niño y su familia “como una cadena perfectamente engranada que nunca se rompe, codo con codo con los compañeros cirujanos, anestesistas e intensivistas, contra viento y marea, para que todo siguiera su curso, sin interrupción, aunque la fatiga apriete y en muchos momentos faltaran manos”.

El trasplante con técnica ECMO

La ECMO consiste, básicamente, en derivar parcial o totalmente la sangre del paciente hacia un circuito externo biocompatible en el que una bomba hace que circule para permitir su tratamiento a su paso por un oxigenador artificial y otros dispositivos adicionales, conectados entre sí, señala Burgos. Además de constituir un sistema de bombeo e intercambio gaseoso y térmico, el circuito permite instalar otras terapias en paralelo para realizar tratamientos coadyuvantes, como depuración extraterrenal, plasmaféresis o hemoadsorción, entre otros, y hace las veces de una plataforma para la monitorización analítica y hemodinámica ampliada del paciente y sirve como acceso para la administración de algunos fármacos, soluciones y hemoderivados en situaciones emergentes en que se precise una actuación de urgencia. “La ECMO ofrece una oportunidad, en el límite, de seguir luchando y recuperarse, de robarle tiempo al tiempo hasta que llegue un corazón o unos pulmones que sirvan, de cuando ya no pueda más, permitir a los suyos su despedida y, también, de quedarse, a su manera, dando vidas a otros que esperan su oportunidad”, completa esta enfermera. “Es lo que pasa y lo que no cada día que compartes con tu paciente y su familia, y con todo el equipo del que formas parte, en la intransmisible intimidad que solo se da en ese límite, en esa extrema complejidad clínica, técnica y humana”.

Burgos destaca la puesta en marcha del programa de donación en asistolia controlada pediátrica itinerante en La Paz, con este primer trasplante, como la expresión de un “enorme esfuerzo interdisciplinar y humano” para dar respuesta a una necesidad sanitaria “acuciante: la preocupante escasez de órganos pediátricos para receptores infantiles, a pesar de nuestro excelente programa de trasplante pediátrico, que lidera el panorama nacional e internacional”. El equipo, subraya, lleva preparando esta plataforma con dedicación varios años, muy sensible a los pacientes y sus circunstancias especiales. Tras un trabajo de sensibilización social, concienciación profesional, entrenamiento técnico y coordinación “hemos conseguido arrancar un camino de grandes oportunidades. Se ha llevado a cabo porque una familia decidió transformar el inimaginable dolor de la pérdida de un hijo que no podía continuar en inmensa generosidad para poder permitir el camino de otro niño y su familia. También porque todos y cada uno de los profesionales que hemos participado creemos en crear esos caminos nuevos”.

El regreso, por otro lado, “se hizo de noche, cansados, pero muy satisfechos por el trabajo realizado. Todo había salido bien”. “A la vuelta, la adrenalina se recoge y el cerebro puede traicionar con olvidos, con relajación por la fatiga; como lo sabemos, estamos muy pendientes de no sucumbir”. En estas circunstancias lo importante es la nevera que contiene el órgano y retornar “todos con todo lo que nos llevamos y no fue necesario utilizar, con la agilidad que impone saber que el cronómetro está en marcha y que el donante y el equipo que lo acompaña nos esperan”. En el viaje de vuelta aprovecharon para repasar lo vivido y descansar, pero cuando el avión aterrizó, “volvimos a correr. Después de tantas horas trabajando, procedemos sin pausa, sin prisa y con cuidado. No puede ser de otra manera”, concluye.

Las necesidades de las familias

Burgos incide en que antes de dedicarse a la práctica avanzada como perfusionista pediátrica acompañó, durante más de una década a muchas personas, “muy pequeñas y muy grandes a la vez”, como enfermera especialista en cuidados intensivos neonatales y familiares, y que años después sigue acompañando a algunos de ellos. “Me enseñaron, desde muy cerca, cuidando en ese otro límite, que lo que una familia necesita cuando un hijo está gravemente enfermo es que los profesionales seamos accesibles y confiables para poder agarrarse fuerte cuando lo precisen, en un abrazo permanente y seguro que se construye cada día junto a una incubadora, una cuna, una cama o un sillón de hospital, con palabras, con silencios, con gestos, con miradas, con escucha y hasta con humor. Con cuidado”.

“Necesitan comprender todo o no entender nada, llorar y reír, luchar y huir; pensar que sonará el teléfono, que superará el trasplante, que volverán a casa; gritar de dolor, estar enfadados y abatidos, dar las gracias; saber que sus órganos valieron a otros niños o no querer que nadie más lo toque después de descansar. Necesitan saber que los profesionales estaremos cerca. Todo eso es lo que a mí me enseñan que requieren las familias de los niños que viven estas situaciones, solo esto y todo eso. Y siempre estoy, más allá de las máquinas, si deciden que como anclaje me necesitan concretamente a mí”, aclara esta enfermera.

Como perfusionista pediátrica, el papel de Burgos en este ámbito depende del lado en que le toque estar. Si un día forma parte del equipo de extracción, su labor consiste en ofrecer sus conocimientos específicos y su competencia técnica concreta para proveer un tratamiento de perfusión que garantice la recuperación de los órganos y su preservación para que puedan trasplantarse. El reto es mayor, explica, cuanto más pequeño es el donante “y más lábiles son sus estructuras”, por su susceptibilidad particular al daño inherente a las maniobras quirúrgicas y el desarrollo de la propia técnica. “Aunque nos debemos a esa esencial responsabilidad, y estamos entrenados para concentrarnos en lo que hacemos y en quien espera que regresemos, el trabajo del equipo en esas circunstancias ocurre alrededor de la muerte de un niño: la relación entre nosotros y con el equipo residente está impregnada de un sostén psicológico especial, construido tácitamente entre todos los que participamos”.

Si, por otro lado, forma parte del equipo implantador como, por ejemplo, en el trasplante cardiaco, la mayoría de las veces ya ha compartido muchos momentos con el niño que espera y su familia. Frecuentemente este lapso entre ellos transcurre “con tranquilidad, y el tiempo pasa de una manera asumible, aunque siempre lento y lleno de incertidumbres. En otras ocasiones, la espera está envuelta en complicaciones, sobresaltos, miedo… Hasta que suena el teléfono y comunicamos a ese niño y su familia que ese preciso día la espera empieza de verdad a terminarse y que nos vamos a quirófano a ponerle otro corazón”.

Su trabajo en esta coyuntura consiste, principalmente, en “sostener su vida” con una máquina de circulación extracorpórea mientras los cirujanos retiran el corazón y colocan el donado, garantizando condiciones de trabajo seguras para que puedan “ver bien cada punto que dan, concentrarse solo en cada decisión que van tomando, circunstancia que hacemos posible gracias a un delicado esfuerzo de equilibrio y comunicación, como en una orquesta”. Sus tareas pasan por conseguir que vuelva a latir bien, separarlo de la máquina si pueden, si no, conectarle a ECMO unos días, que deje de sangrar, sacarle de quirófano, trasladarlo a la UCI y esperar que no presente complicaciones, colaborar en su resolución si las hubiera “y seguir esperando que despierte, que vuelva a respirar solo, a comer, a reír, que salga a la planta, que juegue y que se marche a casa con otra potencia para seguir viviendo. Estar con toda profesionalidad y humanidad junto a los pacientes y su familia, con el equipo, en todo ese camino: ese es mi papel”, afirma.

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