Relato enfermero: Elina

Viernes, 25 de junio de 2021

Elina era una estudiante de Enfermería que no destacaba mucho por tener unas notas increíbles. Ella sacaba notas normales en los exámenes, aunque en la práctica demostraba tener mucha destreza. El primer día que llegó a la unidad de recuperación postanestésica era un manojo de nervios, había muchos pacientes en los boxes, mucho personal, muchos aparatos, pitidos de bombas, respiradores. Comenzaba todas las mañanas ayudando junto con el TCAE y la enfermera correspondientes los aseos. Sorprendentemente para ella, no era tan fácil de hacer como en la planta. Había que tener cuidado con todos los cables conectados al paciente, descubrió lo que era tener un catéter arterial, los tubos conectados al respirador. Vio por primera vez lo que eran unas medias con compresión neumáticas intermitentes. Todo era un nuevo mundo para ella, se miraba las manos y pensaba si era capaz de ejercer esta profesión. A lo largo de los días se dio cuenta de que no se la daba tan mal y que se había adaptado muy bien a la nueva situación y al nuevo servicio. Tal fue así que cuando llega al servicio todos los días no lo recuerda de la misma forma que la primera vez. Cada día tiene diferentes pacientes, a no ser que necesiten cuidados durante una larga estancia, porque, ya sabemos, con esto de la COVID-19, los servicios especiales se convierten en una mezcla de todos ellos.

Cuando los pacientes llegan a la unidad vienen de quirófano con su anestesista, la enfermera y un celador. A veces vienen intubados, dormidos, otras veces despiertos, o no pueden mover solo una parte de su cuerpo por el tipo de anestesia. Elina y su enfermera tienen que recibir toda la información por parte de quirófano, si hubiera incidencias o no, monitorizar al paciente, comprobar que está estable durante toda su estancia cada hora, administrar el tratamiento pautado por el anestesista de la unidad…

Todo esto al principio para Elina era mucha información e iba cautelosa, junto con la enfermera que la tocara que la enseñase ese día. Con el paso del tiempo se sentía una más del equipo, las enfermeras con las que trabajaba confiaban en ella. Elina nunca se quedaba con ninguna duda y preguntaba todo, lo correcto en un alumno. A Elina le gustaba hablar con los pacientes, cuando se podía, hacerles sentir un poco mejor porque ellos se encuentran en situaciones especiales. Siempre me cuenta que dos pacientes intubados que hablaban con ella, como podían, vocalizando para poder leer los labios, señalando partes del cuerpo o con preguntas sencillas de responder sí o no; se emociona con sus progresos. Ella ha visto morir a más de una persona en la unidad. La primera vez que contempló fallecer a un paciente, cómo se iba una vida, cómo vamos poco a poco poniéndonos blancos, fue la sensación más extraña que ha vivido nunca: saber que el cuerpo de la persona que tienes delante no va a responder más

Aunque no todo lo que ocurre allí es malo. Elina encuentra algunos muy divertidos, con un coraje y una fuerza increíbles para luchar. Hubo un día que estaba con sus pacientes, uno bastante crítico por desgracia, lo que lleva mucho tiempo, porque necesita mucha medicación, pruebas, cambios posturales, controles de constantes… y, de repente, escucha a una mujer que se reía mucho, no sabía qué pasaba. Se acercó a la mujer y le preguntó por qué se reía tanto, a lo que la paciente le contestó que cómo éramos capaces de ponerle un inhalador que olía a huevos podridos. Fue un momento bastante divertido y muy gratificante porque estar en la piel de esa mujer unos días antes había sido bastante complicado.

En los tiempos de la COVID-19 que corren, mejor reír, hacer sentir bien a cualquier paciente, porque, aunque pienses que no te escuchan por estar dormidos o aparentar estar dormidos, ellos oyen todo lo que dicen los médicos y enfermeras. Hay algunos que sufren en silencio, Elina dice que tendrían que quejarse en alto. Eso lo lleva mal, porque aunque puede aliviar, consolar, escuchar, tocar, mirar y dedicarles unas palabras para que no se sientan solos, hay muchos pacientes que siguen callando esos dolores y no solo físicos. Siempre dice que cuando un paciente quiere hablar mucho y te cuenta cosas de su vida no relacionadas con lo que le ocurre es que simplemente quiere atención y olvidarse un ratito de ser un enfermo y convertirse en una persona que está hablando cordialmente con otra, que, para mérito, busca su bienestar y su comodidad.

Elina también me contaba lo que era llegar a la unidad al principio de la rotación, ver a todas aquellas enfermeras y no saber dónde ir a preguntar con quién se podía poner. Gracias a Dios, todas estaban dispuestas a ayudarla y enseñarle, daba igual con quién se pusiera, porque si alguna vez necesitaba ayuda siempre había alguien que le daba su mano y eso era lo que a ella le hacía sentirse una más: al final tiene relación y confianza con ellas. Que las enfermeras se fijen en Elina para enseñarle también es algo que ha tenido que vivir, no es la única alumna que hay en la unidad, y hay enfermeras que prefieren estar con ella porque lleva más tiempo y sabe desenvolverse mejor. Ella me dice que no es por menospreciar a ninguno de los alumnos, si no que lo hacen para seguir una línea de aprendizaje. Siempre dice que son unas personas increíbles y muy majas, que tienen una sabiduría infinita. Está tan bien en el rotatorio que para ella ya son parte de su familia.

Elina también ha tenido que enseñar y ayudar a alguno de sus compañeros alumnos en algún momento. El primer día que ellos fueron a la unidad, ya llevaba mes y medio allí, y eran tantos que la enfermera tuvo que enseñarle junto a una chica nueva. Elina le daba muchos consejos, le dejaba hacer lo que ella, porque pensaba que, a la otra alumna, aparte de hacerle ilusión, tenía que empezar y no quería que sintiera miedo, algo inevitable. Aquella chica acabó la mañana dándole las gracias por haber hecho que se sintiera bien y con confianza y por enseñarle junto a la enfermera un montón de cosas. Como diría Elina: “en esta unidad no paras ni un segundo y hay que empaparse de todo lo que te enseñan”.

No puedo explicar con palabras como a Elina se le llena la boca contándonos todo lo que hace y como la hacen sentir tanto sus enfermeras como los pacientes. No hay día que llegue a mi casa y llame a mi madre “compi”, y eso que nunca ha trabajado con ella. Estoy orgullosa por ella y por los futuros profesionales que vienen, si tienen la mitad de dedicación y vocación que ella, estaremos en buenas manos. Gracias a todos aquellos que forman parte en la formación de los estudiantes de Enfermería, porque estaréis en un trocito de corazón de cada uno de vuestros alumnos. Yo, personalmente alucino con Elina, espero que la vida y su trayectoria nunca le hagan ir para abajo. Queremos profesionales así.

Autora: Noelia Marçal Infante

Noticias relacionadas

estudiantes, Estudiantes de enfermería, Relato enfermero

¿Quieres comentar la noticia?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*