Relato enfermero: Trabajo, vocación y devoción por los demás

Martes, 14 de septiembre de 2021

Esta es el relato reciente de Mari Luz, una enfermera de 40 años que trabaja en el quirófano de un hospital de la comunidad de Castilla y León. Es una mujer activa, comprometida con el mundo y colaboradora de la ONG Médicos sin Fronteras.

Las Fuerzas de Seguridad aplauden al equipo sanitario de Pamplona durante la crisis de la COVID-19
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Su tiempo libre lo dedica a su familia a la que no descuida y es la organizadora de casi todas las actividades familiares.
Así lo reconocen su marido Juan Carlos, trabajador en una empresa de montaje industrial y sus hijos Isidro y África, estudiantes de la ESO.
Hasta comienzos de marzo de 2020 vivía en lo que podríamos decir una tranquila rutina, salpicada algunos momentos de estrés en el quirófano, algo inherente al servicio.

Estaba organizando las vacaciones de verano, este año tocaba Chiclana, nunca lo olvidará, cuando de repente apareció ya con insistencia y preocupación la palabra COVID19, en todas las televisiones, prensa e internet. Había mucha desinformación y al principio los medios no se ponían de acuerdo en etiquetar el género al COVID19. Los niños, se lo preguntaron a Mariluz, quién les explicó que, al ser una enfermedad, el artículo correcto es la COVID19. Fue su primera conversación sobre el tema. Luego vendrían otras preguntas más difíciles y algunas a las que no tenía todavía respuestas.

Mari Luz no olvidará la mañana que entró a trabajar a las 7:50 como de costumbre y al darse el parte entre las compañeras salientes y entrantes vio caras de preocupación. Habían empezado a entrar pacientes con COVID y estaban ingresando en la UCI para su aislamiento. Esos primeros días fueron días de incertidumbre, de corrillos en los pasillos, de rumores que se propagaban a la velocidad de la luz y que no servían para calmar los ánimos del personal sanitario.

El primer cambio que sufrió Mari Luz en su trabajo fue el cambio de unidad. Al declarase la pandemia, se redujeron las operaciones de quirófano por lo que se pidió voluntarias para la UCI en la lucha contra la pandemia. Mari Luz no dudó en presentarse voluntaria lo mismo que otras compañeras a las que el trabajo, vocación y devoción por los demás les empujaban a dar dicho paso.

El cambio fue brutal, pasó de una zona de confort en el trabajo a primera línea de lucha contra una enfermedad infecciosa que mataba y parecía cebarse en la población más mayor, aunque, luego la edad de los infectados fue decreciendo. La COVID19 no se cebó en ella, pero le afectó en todos los órdenes de la vida: el profesional, el familiar y el social.

En el profesional fue duro, muy duro, al principio la falta de equipos de protección individual, los ahora archiconocidos EPIS se acabaron pronto y hubo que utilizar más de lo estipulado alguna mascarilla y guantes o recordar los trabajos de costurera y manualidades que parecían olvidados para intentar mitigar la falta de recursos.

Alguna compañera infectada por el virus las abandonó por culpa de la dichosa enfermedad y ya el cambio de turnos y el café en la sala de enfermeras se llenó de caras tristes y llorosas. Casi nadie hablaba del tema pero en el aire siempre flotaba la pregunta ¿seré yo la siguiente? El cansancio físico por el número de horas trabajadas y el emocional por las duras experiencias que estaban viviendo empezaban a pasar factura.

Seguía haciendo su trabajo y su vocación y ganas de servir a los demás tiraban de ella cuando el desánimo intentaba instalarse en su corazón. Los aplausos desde los balcones supusieron un viento fresco que despejó parte de su cansancio y la ayudó a seguir trabajando con energía, convencida de que estaba haciendo lo correcto por los demás.

También le hizo sentirse orgullosa que sus hijos le dijesen y repitiesen cuando estaba en casa: mamá estos aplausos también son para ti. Parecían entender que el trabajo de su madre era muy importante y eso la tranquilizaba. Aunque de verdad lo que más la angustiaba era despedirse de los enfermos de la UCI que iban dejando este mundo. Muchos de ellos mayores y solos se iban de este mundo sin tener a su lado a uno de sus familiares. Parecía que entre todas las compañeras seguían las instrucciones de un pacto no escrito y no dejaban irse de este mundo a ningún enfermo sin que viera por última vez una sonrisa no fingida y sin que un apretón de manos no le hiciera sentir que estaba acompañado a la hora de partir.

En contraposición se llevaba a casa las caras de los que habían fallecido, a veces soñaba con ellos y cuando se despertaba ya de camino iba pensando sobre quién les podía haber dejado esa noche. Se había convertido en su única familia y quería estar cerca de ellos.

En el terreno familiar, la cosa parecía ir bien. Con su marido y los niños confinados en casa la situación parecía estar controlada. Su marido era ahora el puntal de la casa y se había hecho cargo de las compras, cocina y limpieza aunque no de la plancha que seguía siendo su punto débil. El aburrimiento de los niños causaba alguna riña que siempre se acababa cuando llegaba ella a casa.

Su mayor preocupación era no contagiarles por lo había establecido la dinámica de ducharse y poner a lavar sólo su ropa en la lavadora antes de acercarse a ellos y comentar las nuevas del día. Las llamadas a sus padres y hermanos para comprobar si estaban bien tenían que esperar hasta la hora de acostarse.

Por último, el terreno social era el que más le estaba costando superar. Se había dado cuenta de que entre sus vecinos ya había un par de ellos que intentaban evitarla. Una era una señora mayor que posiblemente seguía las instrucciones de los hijos y un señor maduro que ponía cara de asco cada vez que tenía que coger el ascensor detrás de ella. No era una apestada, sino una enfermera que cuidaba a los demás y sabía de primera mano qué es la COVID19. Esto último la enfadaba pero más que por ella por sus hijos, por si podían estigmatizarles.

Pasó la primera ola, las vacaciones de verano y llegó la segunda ola. Estaba anunciada, se había pedido concienciación a la ciudadanía pero los consejos no fueron seguidos por parte de la población. Los botellones, quedadas masivas donde faltaban mascarillas, fiestas ilegales en pisos, chalets y lonjas volvieron a disparar las alarmas. Cuando todavía el personal sanitario no se había recuperado física ni anímicamente la segunda ola volvió a arrasar llenando de nuevo el hospital. El trabajo y la vocación no se habían resentido aunque el nivel de los mismos no era el mismo de la primera vez, pero Mari Luz tenía todavía grabadas en su mente cada una de las caras de las compañeras que habían fallecido en una lucha para salvar a los demás y que esos comportamientos hacían baldíos su sacrificio. ¿De verdad merecía la pena poder perder la vida por salvar también a los insensatos? ¿Poner en peligro su familia?
Había oído decir a dos señoras cuando iba en el autobús: es que les pagan por ello…

Mari Luz, reflexiona en voz alta, ¿ cuánto cuesta una vida? Dicen que no tiene precio. Entonces no nos pagan por ello, vivimos para ello. No mercadeamos con la vida de los demás, sino que estamos dispuestas a dar las nuestras. Por algo somos ¡¡ENFERMERAS!!

Autora: Sara Lahidalga Beneitez

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COVID-19, enfermeras, pandemia, Relato

Una respuesta a “Relato enfermero: Trabajo, vocación y devoción por los demás”

  1. Tengo 62 años. Toda mi vida profesional ha sido de enfermera. Creo que soy una buena enfermera. Intento hacer bien las tareas que me competen. Busco formación si no domino el trabajo. Percibo que mis compañeros-as me respetan intelectualmente:
    El relato de las enfermeras cuasi monjil identificándose con la vocación de entrega a los demás y de «que bondad nos inunda «me dá sarpullido. Además no es real, no lo percibo entre mis compañeras
    Y qué es esa vocación que sólo tienen las enfermeras.? A ningún profesiónal para validar su trabajo le escucho hablar de la vocación. Bueno si a los curas.
    Por favor dejen ese discurso decimonónico, y empiecen a tratar con rigor de los problemas de este trabajo. Aunque si con la pandemia no lo hemos conseguido, ……….

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