Relato: ¿Qué significa ser enfermera?

Martes, 6 de julio de 2021

Me han pedido que escriba un relato acerca de lo que significa para mí ser enfermera. Qué sencillo y qué difícil a la vez. Enfermera… cuando alguien piensa en ser enfermera tiene ese concepto tan idealizado de lo que significa. Pacientes “fáciles” y felices, que mejoran “gracias a nuestros cuidados” y que se van de alta a vivir vidas plenas y largas. En algunos casos es así, pero también existe otra realidad, otros pacientes que no mejoran, que no se van a su casa porque sus vidas se están extinguiendo. Me refiero a los pacientes paliativos. A ellos, a una mezcla de todos ellos, voy a dedicar este relato.

Cuidados paliativos |iStock
Cuidados paliativos |iStock

Llegaste a la habitación, estabas asustada porque era un sitio nuevo y desconocido, rodeado de personas nuevas y desconocidas. Las noticias del médico no parecían buenas y, aunque querías aferrarte a la esperanza, sabías que era algo que podía ocurrir. Te recibí con una sonrisa que respondiste tímidamente. La mascarilla no ayuda a establecer buen contacto, es como si hubiera una barrera entre nosotras. Fueron pasando los días y nos fuimos conociendo. Me contabas cómo era tu vida de pequeña, cómo echabas de menos a tu hijo y qué ganas tenías de irte a casa. Te disculpabas conmigo cuando te ayudaba a ducharte porque, según tú, sólo eras un montón de huesos. Si me hubieras visto de joven… Te veo, te veo en cada historia que me cuentas, en cada recuerdo que compartes conmigo.

Los días pasan y las cosas no van bien. Te han llevado a hacer una prueba. Cuando me iba por el pasillo te traían en la camilla, te vi, me viste, me cogiste muy fuerte de la mano. Estabas asustada, te dolía. Fui cogiendo tu mano hasta la habitación. Aunque te parezca mentira eso significó tanto para mí… Sentí como en tus ojos se dibujaba un poco de alivio, un “gracias” que no necesitaba, porque notar la fuerza de tu mano en la mía me hizo sentir la persona más importante del mundo.

Tu mirada está triste, pero aun así sonríes cuando entramos a verte. Él te acompaña, tu marido, tu compañero. Aunque no es nuestro paciente, sé que necesita de mi ayuda y mi apoyo para comprender y aceptar lo que está pasando. Lo que inevitablemente va a pasar. Porque muchas veces nos olvidamos de esos familiares que están ahí, aguantando al pie del cañón, con todas sus dudas y todos sus miedos. Y necesitan decir lo que sienten, y llorar en el pasillo para que nos les vea su ser querido dentro de la habitación. Muchas veces, una mano sobre su hombro y escuchar en silencio va a suponer un gran alivio para ellos. Pero tenemos miedo, miedo a enfrentarnos a la muerte. Y esa empatía que es un rasgo característico en nosotras, sale a relucir más que nunca.

No podemos evitar “enamorarnos” de vosotros. Vuestra amabilidad, vuestras muestras de cariño para nosotras, vuestro amor que no os cansáis de demostraros. Eso hace aún más difícil la situación, y se mezclan los sentimientos, la ambivalencia de saber que os tenéis que despedir, con la “suerte” de tener la oportunidad de despediros tan conscientemente.

Una semana, dos, tres… Nos encanta verte dar unos cuantos pasos con la fisioterapeuta, cuando pasas junto al control siempre nos sonríes y tienes una frase agradable para nosotras. Él te mira, en sus ojos hay ilusión y esperanza, y amor, muchísimo amor. Pero te debilitas, tu cuerpo está diciendo “basta”, y tú sigues aguantando como una campeona porque sabes que él aún no está preparado para dejarte ir.

Se acerca la Navidad. Qué época tan triste para estar lejos de casa, más aún cuando sabes que no vas a volver a casa. Estás en tu habitación, haciendo adornos de Navidad con fieltro, y con tu sonrisa, tu eterna sonrisa en el rostro. Ya no puedes levantarte de la cama, dar unos pasos te supone demasiado dolor. Él acaricia tu mano junto a la cama.

Aquella mañana estabas tan tranquila… los dos lo estabais. Nos dijiste que ya no podías más, que qué sentido tenía seguir así, si cada día era un dolor continuo, si veías que no tenía solución y que sólo estaba yendo a peor, que necesitabas descansar ya. “Estoy en paz, me siento en paz. Mirad, hace un día precioso, incluso ha salido el sol”. Era cierto… entre la niebla de la mañana se había abierto paso un día de sol espléndido.

Lo habíais decidido ya. Ibas a pedir a tu doctora la sedación paliativa. No pudimos evitar que se nos escaparan unas lágrimas, pero tú nos dijiste que no llorásemos, que había sido maravilloso compartir estas semanas con nosotras, y que nos querías muchísimo. Tu marido había ido a comprar un regalo para cada una de nosotras. Era tu despedida. Qué corazón tan grande el de unas personas que en un momento tan difícil tienen un detalle para nosotras.

Aquella tarde decorasteis la ventana de tu habitación con un motivo navideño. Pusisteis los adornos de fieltro por las paredes de la habitación. Nos miraste por última vez con una paz infinita. Nunca he visto una mirada tan serena en nadie. Estabas lista para irte.

Y así, dormida y tranquila, pasaste tus últimos días. Con tu marido a tu lado y con nosotras acariciando tu rostro cuando entrábamos a verte. Y te fuiste.

Dejaste en nosotras un recuerdo imborrable de aceptación, de paz y tranquilidad. Ojalá todas las personas pudiesen alcanzar ese estado de serenidad ante su fallecimiento.

Y es curioso, pero la mayoría de los pacientes paliativos en sus últimos días llegan a ese estado de aceptación y paz. Y así, me acuerdo de Juan Carlos, de como paseaba cogiendo la mano de su esposa por la unidad, y de las “parrafadas” que nos echábamos su padre y yo en la puerta de su habitación. Y me acuerdo de Luisa, que me dedicó la sonrisa más dulce que nunca he visto. Y de Encarna, que con lágrimas en los ojos escribió en su cuaderno “Tú eres muy buena”, simplemente porque había estado con ella y la había escuchado… Y qué fácil era estar allí. Cómo algo tan sencillo puede hacerle tanto bien a alguien. Lo que recibes de las personas es algo tan grande que no tengo palabras para describirlo.

Qué significa ser enfermera… Pues vivir todos estos momentos, llevar un recuerdo y un aprendizaje de cada una de las personas que comparten un trocito de su vida con nosotras. A veces son episodios tan cruciales y decisivos, tan íntimos, y nosotras estamos allí, tenemos la grandísima suerte de estar allí.

Ser enfermera es vivir la profesión con ilusión, con ganas de mejorar y aprender cada día. Dar gracias cada mañana al cielo por haberme dado la oportunidad de dedicar mi vida a algo tan hermoso. Ser enfermera es saber estar, transmitir con una mirada, emocionarte con un avance, y ayudar a aceptar los fracasos. Y aunque muchas veces me voy a casa con un nudo en la garganta, no cambiaría ninguna de mis experiencias, ni a ninguno de mis queridos pacientes paliativos, los que nos han dejado y de los que aún me acuerdo, aunque hayan pasado muchos años.

Autora: Carmen Noelia Díaz García

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