Un espíritu libre

Jueves, 17 de diciembre de 2015

A lo largo de los años de vida profesional he tenido la oportunidad de conocer a personas entrañables entre las que se encuentra Ramón.

Llegó derivado desde un centro hospitalario convaleciente de una infección de orina, padeciendo un síndrome de desuso y con un cuadro confusional que le llevaba a recitar letanías en latín y a estar sumergido en un mundo ficticio agravado por su déficit sensorial, ya que era prácticamente ciego. Para muchos de nosotros hubo un antes y un después de su estancia en el centro sociosanitario.

Durante los primeros tiempos de estancia puede decirse que Ramón “fue adoptado” por el equipo asistencial de la Unidad de Psicogeriatría en la que estaba ingresado. El personal de todos los turnos sentía debilidad por este paciente, hablador incansable, luchador e inquieto y que, una vez superado el periodo agudo por el que había ingresado, dejó al descubierto un deterioro cognitivo del que ya había dado señales, según nos confirmó su esposa con la que vivía en el domicilio familiar.

De profesión liberal, ya que ejerció el periodismo durante muchos años, tenía una necesidad real de llenar su tiempo, en el que no encajaban las ofertas lúdicas con las que los demás pacientes ancianos se sentían satisfechos.

Desde que se levantaba hasta el momento del descanso hacía un peregrinaje por los despachos de las personas conocidas e implicadas en su proceso, manifestando en todo momento su insatisfacción por algo que él decía sufrir y que nombraba como “incertidumbre” sobre su futuro, que le hacía sentirse desubicado y fuera de lugar. La esposa y el hijo de Ramón tenían muy claro que él no podría volver a casa, los últimos tiempos con sus cambios de carácter y su tozudez propia agravada por la falta de memoria había dejado huella y no se sentían con fuerzas de repetir la vivencia.

La familia, insegura y conocedora del carácter de Ramón, no abordaba la situación informándole de la realidad que suponía su inmediato futuro y, por su parte, el equipo responsable tampoco le aclaraba qué ocurriría, respetando la voluntad de la familia.

Este ánimo sobreprotector de la familia y condescendiente del equipo asistencial supuso una difícil situación para el paciente. ¿Por qué no vuelvo a mi casa? Amenazó con marcharse a vivir solo y divorciarse de su esposa, desheredar a su hijo, denunciarnos a todos. Se sentía secuestrado. Cada viernes recogía sus cosas pues aseguraba que se iba de alta a su domicilio. La situación se hacía insostenible, las personas que le tratábamos intentamos mediar entre la familia y él para aclarar la situación y darle la oportunidad de conocer la verdad que, en definitiva, era lo que él nos pedía.

Así lo hicimos, estuvo dos días sin querer salir de la habitación. Finalmente una mañana decidió aceptar la situación y me vino a explicar que se iba a una residencia que estaba muy bien, cerca de su casa para que su esposa pudiera visitarle. Estaba muy ilusionado porque ahora, como no podía escribir, estaba grabando sus memorias para que no se perdieran todos sus pensamientos, consciente como era de sus periodos de “olvidos”.

Se fue de alta y nos dejó el recuerdo y la lección del respeto que se les debe a las personas a ser partícipes en las decisiones que afectan a su futuro a corto o largo, pero personal e intransferible, independientemente de la edad.

La “incertidumbre”, “el no saber”, es el peor de los compañeros. A su manera pedía la verdad y la libertad, por eso los últimos días de estancia fueron tranquilos para él y para todos.

Suesa García T. Un espíritu libre. Metas Enferm jul/ago 2015; 18(6): 78

enfermería, humanización, pacientes

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