Una fría mañana de noviembre

Martes, 24 de agosto de 2021

A las siete y media de una fría mañana de noviembre me desperté con alegría. Comenzaba otro día de mis prácticas en la planta de cirugía del hospital.

A las ocho menos cinco, como de costumbre, subí a mi planta y, tras escuchar el cambio de turno, comencé a tomar la tensión a los pacientes mientras el enfermero preparaba la medicación. Siempre intento que los enfermos comiencen el día con buen humor, dada la situación por la que están pasando. Por eso, les pregunto si tienen algún tipo de malestar y si han pasado buena noche. Además, a consecuencia de la pandemia de la COVID-19, muchos no pueden tener acompañante, por lo que se encuentran solos, sin poder salir de la habitación, y una palabra amable les saca una sonrisa que casi siempre agradecen. Por ello, cuando no hay nada que hacer, paso por las habitaciones preguntándoles cómo se encuentran y si necesitan algo, ya que muchas veces, por no molestar, no piden lo que necesitan.

Esa mañana atendí a una paciente de nuevo ingreso. Mediana edad, pelirroja, piel clara, cara amable y siempre con una sonrisa que me transmitió un sentimiento difícil de describir. Le pregunté cómo se encontraba anímica y físicamente. Ella me contestó que tenía dolor abdominal, pero que se encontraba bien psicológicamente. Padecía un cáncer de hígado muy difícil de extirpar que la obligaba a pasar por quirófano. Me contó que estaba un poco asustada, pero que tenía el ánimo suficiente para afrontar lo que pudiese venir.

Al día siguiente los cirujanos le extirparon parte del hígado, descubriendo que había metástasis en páncreas y vesícula biliar. Debido a la pandemia, el cirujano le contó la situación por teléfono a uno de sus hijos, ya que ella estaba en la REA. Entre los dos decidieron que debían informarla de todo en cuanto fuera posible. Cuando se despertó y consideraron que estaba estable la subieron a planta. Con la crisis sanitaria que estamos viviendo hay muy pocos pacientes que tienen permitido un único acompañante durante todo el día. Por ello, solo uno de los hijos estaba esperándola. Armándose de tacto y delicadeza le dieron la mala noticia. En un primer momento se quedó en shock porque no esperaba tal resultado y cuando fue más consciente de lo que las palabras del cirujano significaban, se le vino el mundo encima sabiendo lo que le esperaba en un futuro muy cercano.

El enfermero y yo fuimos a verla para saber cómo se encontraba. Revisamos sus cicatrices, la curamos y le vaciamos el drenaje. Y, por supuesto, lo más importante que hicimos fue hablar con ella de sus sentimientos y de su postura ante la situación. Ella nos comentó que lo que más le preocupaba era dejar a su familia (hijos, nietos…). También nos habló del miedo que experimentaba a lo que le depararía el futuro. Le dimos todo el ánimo que pudimos y le dijimos que cuando nos necesitase la atenderíamos rápidamente, poniéndole la medicación, curándola o simplemente hablando con ella.

Y así fue. Durante los siguientes días se fue recuperando de la noticia e incluso en ocasiones sonreía. Nosotros le poníamos la medicación pautada por el médico, charlábamos con ella cuando no teníamos tareas pendientes, le hacíamos alguna bromilla cuando ella se encontraba con humor y le preguntábamos por sus nietos, porque le encantaba hablar de ellos. A veces, cuando coincidía con alguno de los hijos en el pasillo mientras la estaban aseando, me paraba a preguntarle cómo se encontraba.

Además de cuidar a los pacientes en estas situaciones terminales, es muy importante atender anímicamente a los familiares para que ellos también se sientan apoyados y afronten adecuadamente la enfermedad de su ser querido. En este caso los hijos lo tenían bastante asumido, ya que su madre les había hablado muchas veces de la muerte de su padre por cáncer de pulmón cuando ellos eran pequeños. En definitiva, tenían bastante interiorizada la situación.

Un día comenzó a empeorar, llamó al timbre y en cuanto entré en la habitación y le vi la cara supe que algo iba mal. Se encontraba postrada en la cama, unos gemidos desgarradores salían de su boca, los temblores le recorrían todo el cuerpo y su cara tenía un gesto de dolor imposible de describir. Avisé rápidamente al enfermero y le pusimos la pauta de rescate que había mandado el médico. Pasado un rato, le hicieron efecto los analgésicos y el dolor se fue aminorando poco a poco.

Los siguientes días apenas se movía. La mayor parte del tiempo lo pasaba dormida debido a los analgésicos tan fuertes que le estábamos administrando. Sus hijos se iban intercambiando para estar con ella todo el rato y no dejarla sola ni un minuto. Cada vez que entraba en la habitación, me contaban con cara de angustia cómo se encontraba su madre.

En un nuevo cambio de turno después del fin de semana supe que la habían operado de urgencia porque tenía todo el abdomen lleno de líquido peritoneal. Con miedo por lo que pudiera pasarle, fui hasta la habitación y lo que me encontré me partió el alma en pedazos. Uno de los hijos estaba llorando desconsoladamente porque le había dicho el médico que a su madre le quedaban pocos días de vida. Intenté consolarlo lo mejor que pude, a pesar de que a veces no es fácil saber cómo afrontar estas situaciones.

Poco a poco se iba consumiendo. Era muy duro ver el deterioro progresivo de una persona tan vitalista. Cada vez se encontraba peor, apenas hablaba y muchas veces solo se manifestaba con gemidos cuando tenía mucho dolor. Preparándonos para lo peor, el médico pautó una bomba de infusión con analgésicos. Antes de ponérsela, me agarró la mano con fuerza y me miró a los ojos fijamente. Lo hizo con tal intensidad que esa mirada se me clavó en el corazón cuando me dijo “muchas gracias por todo; sé que ha sido duro verme así, pero sé que has hecho todo lo que ha estado en tu mano. Vas a ser una gran enfermera”. Tras esas palabras se me encogió el corazón de felicidad y, a la vez, de tristeza porque sabía que esa era la última vez que la vería.

Luchó, estuvo rodeada de su familia hasta el último momento y, aunque la vida le puso piedras en el camino, ella las esquivó con valentía y con entereza. Sacó dos hijos adelante sin un marido en el que apoyarse y fue feliz hasta el final por sus ganas de vivir.

Este tipo de vivencias me hacen pensar en la relevancia que tiene para la enfermería la atención personal y humana, además de los cuidados asistenciales. Aparte de la enfermedad existen otras circunstancias que pueden causar malestar a los enfermos y que también se deben valorar y atender. Por ello, unas buenas comunicación y empatía son fundamentales para realizar nuestro trabajo y hacer que se sientan apoyados y cuidados en todos los aspectos y de forma integral.

Por esta historia y otras más que he vivido durante mis meses de prácticas, y sobre todo, por la gratificación que se siente cuando los pacientes se curan, mi profesión será sin ninguna duda la enfermería.

Autora: María Álvarez Salamanqués

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