Vivencias

Jueves, 2 de septiembre de 2021

Ion Ander

Principios de abril

El sonido de las olas me acunaba hasta dejarme casi dormido. Estábamos todos, no faltaba nadie; Vanesa embadurnada en crema solar y sus dos pequeños, Beñat e Ilargi, entretenidos haciendo un castillo de arena.

De repente, un espantoso ruido de sirenas interrumpió mi mente. Abrí los ojos y lo primero que vi fue el cuadro que se encontraba colgado en la pared de enfrente. Todo habia sido un sueño, un plácido recuerdo de mis últimas vacaciones en familia. ¿Por qué no se paró el tiempo en esa idílica playa?, ¿por qué estoy aquí?, ¿por qué sigo despierto? Pero no, para mi pesar, la ventana de mi habitación daba al intenso tráfico de una calle céntrica de la ciudad, donde el continuo ruido de ambulancias caían como balde de agua helada sobre mi rostro, sumergiéndome en la cruda realidad del momento.

Mi habitación era diáfana, una cama, una mesilla y un colgador con dos perchas vacías. En la pared de enfrente colgaba un cuadro, un barco en alguna incógnita bahía en un triste fondo azul. Estaba harto de verlo y tal vez ese cuadro es el culpable de que esa tarde soñara con ese viaje donde lo pasamos tan bien los cuatro. Había sido hace dos o tres años, no sé, ni me acuerdo, igual por culpa de la covid o por culpa del largo tiempo que llevo entre cuatro paredes. Me ha provocado cierta amnesia y despistes fluctuantes donde no sé en qué dia vivo o mejor dicho, ni quiero saberlo.

Era como si estuviera en esa famosa película del día de la marmota. Todos los días la misma rutina: toma de constantes, cómo respiro, esa asquerosa nebulización que me provoca taquicardias y, lo peor, el pase de visita médica: que si habia mejorado, que la Rx de tórax estaba peor, que esto va lento, que tenga paciencia. Paciencia, maldita palabra. ¿Qué esperaban?, ¿que estuviera en estado zen cuando llevo un mes sin noticias de mi familia? Pero bueno, qué iban a decir, si para ellos también todo esto era nuevo y ni sabían los pobres qué tenían entre las manos.

Finales de abril

Era el 28 de abril, me acuerdo porque era san Prudencio, estaba asqueado, solo quería dormir, sin ninguna gana de hacer nada. Una de tantas enfermeras que trabajaban allí entró en mi habitación y mientras me exploraba y tomaba mis constantes, me propuso un juego, quería animarme y que no estuviera tan desganado.

Como el personal siempre iba vestido como astronautas recién aterrizados en la Luna, la única forma de diferenciarlos era por sus tareas, tono de voz, andares, gestos, manías, etc. Bueno, el juego consistía en fijarme en ellos, sacar las peculiaridades de cada uno, memorizarlas y, así, cuando todo esto acabase, escribirlo estilo diario. Me pareció una idea estúpida, pero no tenía otra cosa que hacer encerrado sin atisbo de salir pronto de allí.

Lo empecé a hacer con la primera persona que entró por la puerta esta tarde. Era una señora bajita y delgadita, se llamaba Clara, era una auxiliar que ya había estado conmigo días anteriores, era su sexta tarde trabajando seguida y en sus gestos se notaba el cansancio acumulado. Tendría unos 50 y pico años, me recordaba a mi madre, dulce, protectora, servicial, pero al mismo tiempo con la seguridad que le daba unos cuantos años de experiencia.

Los días siguientes seguí con el juego: que si la del acento andaluz, la enfermera que anda dando saltitos, la que…; me sentía entre un psicoanalista analizándolas a escondidas o un pintor del barrio de Montmartre retrantando lo positivo y cómico de cada uno. Y, así, sin querer, poco a poco, fuimos conociéndonos.

Leire

29 de abril

Si me cuentan hace unos meses todo esto no me lo creo. Había perdido la cuenta de las noches que llevaba sin dormir más de cuatro horas seguidas. Solía despertarme a media noche empapada en sudor, soñando con multitud de cosas: que si nuestros buzos de EPI estaban rotos por las axilas y nadie se había dado cuenta, que no había medicación para todos, así noche tras noche. Todo esto nos estaba superando fisica y mentalmente, estábamos protagonizando una película mala, mezcla de ciencia ficción y de terror, donde todos sabíamos cómo empezaba pero nadie cómo iba a terminar.

Todavía recuerdo el día que salí de trabajar a las tantas y, mientras iba andando a casa, extenuada, pasó una patrulla policial a mi lado, paró, pero después de bajar la ventanilla de su coche se marcharon sin más, dándome las buenas noches. Al verme luego en el espejo del ascensor me di cuenta de por qué no me pararon.Tenía casi tatuada en mi cara las marcas de la mascarilla y las gafas.

Lo que más me atormetaba era la ausencia de familias, los pacientes, además de sufrir todas las consecuencias orgánicas de este maldito bicho, estaban solos, no podían apoyarse, desahorgarse con sus amigos o familiares. Eso para mí era lo peor, era como dejarlos en una barca a la deriva. Mis compañeros y yo intentábamos estar siempre cerca, conocerlos, saber lo que les gustaba, llamar a las familias, hacer lo que fuera para que no se hiciera la estancia tan dura.

Había un paciente en particular que no olvidaré. Estaba en la 684, Ion Ander se llamaba. A pesar de estar todo el día enfadado con el mundo, no nos dio nunca una mala contestación, era cortante pero educado. Creo que en un mes solo le oímos cuatro palabras seguidas. No sabía qué hacer con él, me daba una pena enorme, estaba sufriendo pero no quería ayuda o no sabía cómo pedirla. El día de San Prudencio, después de otra interminable noche de insomnio y de dar vueltas y vueltas en mi cabeza, se me ocurrió un juego. Llegué antes a trabajar y después de pensar mucho la forma de vendérselo para que lo aceptara, se lo propuse. Para mi grata sorpresa dijo que sí, no se lo pensó dos veces.

Los días posteriores empezó a comunicarse más con mis compañeras, hasta se le vio alguna que otra sonrisa. Conmigo especialmente hablaba más, pude conocer a qué se dedicaba, que había sido jugador de baloncesto, cómo fue el día de su boda, pero lo que más me enterneció fue cuando me contó el sueño que tuvo días atrás en la playa con sus hijos. El brillo de sus ojos mientras lo contaba iluminaba cualquier habitación, estaba emocionado y triste a la vez. Se le notaba que echaba de menos verles. A principios de mayo la dirección nos dejó unas tablets para que los pacientes se pudieran comunicar con sus familias. Entonces es cuando se me ocurrió. Localicé a su mujer y le conté todo lo que su marido nos decía, lo arrepentido que estaba por no haber estado más tiempo con ellos y lo del sueño, lo que le gustaría volver a hacer ese viaje. Y le propuse mi idea.

10 de mayo

Ion Ander acababa de subir de rehabilitación, estaba cansado y lo único que le apetecía era echarse un rato. Aunque no era mi paciente fui a verle, tenía escondida la tablet detrás de mi superbuzo y, cuando menos se lo esperaba, se la enseñé.

Se puso a llorar como una niño pequeño, no paraba, no sabía qué hacer, lo único que hacía era llorar de emoción, mezcla de tristeza y mezcla de alegría. Al otro lado de la pantalla, tal como Leire había planeado, estaban Vanesa, Beñat e Ilargi en bañador. Habían improvisado en el salón de su casa una playa donde no faltaban los cubos para hacer castillos de arena, la crema solar y ¡el mojito de rigor que tanto le gusta a Ion!

No es exactamente un relato real esto que cuento, pero sí es un conjunto de vivencias de muchas compañeras, de cómo se sentían, lo mal que lo pasaban, no solo por el trabajo físico y las jornadas interminables, sino por el impacto psicológico de ver pacientes totalmente solos que no se pudieron despedir de sus seres queridos. Es un agradecimiento a todas ellas por su gran vocación, buen hacer y empatía.

Gómez de Balugera Fernández de Troconiz A. Vivencias. Metas Enferm jun 2021; 24(5):79-80

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