COVID-19. Recuerdos del principio de la pandemia

Lunes, 1 de noviembre de 2021

Suena el móvil, un mensaje de mi compañera: “¡Algo gordo se está cociendo! Me han llamado del hospital para saber si tenemos equipos de aislamiento en la residencia”. Vuelvo a leer el mensaje porque no entiendo la información. Ese día llego muy temprano a trabajar. Mi compañera y yo hablamos un buen rato y decidimos esperar órdenes al día siguiente. Pero en nuestro interior algo nos asusta; llamadlo intuición.

Pasan los días que parecen eternos. La información llega a través de las noticias como un huracán: pandemia, estado de alarma… El domingo salgo en mi coche para ir a trabajar. 15 de marzo, son las 7:30 h de la mañana y no me cruzo con ningún coche ni ningún peatón. Siento que es un presagio de un mal augurio. Me cuesta respirar. Llego, me pongo mi uniforme y empiezo a trabajar. Mis compañeros están muy callados. Ese día no hay bromas, todos nos sentimos igual.

Pasan los días y notamos que cada vez la situación se complica más. Los residentes están angustiados: no pueden ver a sus familias, no pueden salir de la residencia y no pueden circular libremente por las instalaciones del centro. Unos se encierran en su habitación, otros se enfadan. Nosotros no sabemos cómo gestionarlo. Estamos muy preocupados ante las noticias que llegan desde Madrid.

De repente una tarde llega la UME, y es el momento en el que me parece que estoy viviendo una pesadilla que parece no terminar. Entran en las dependencias del centro y limpian las zonas exteriores. Nos ofrecen ayuda y materiales si no tenemos. Estamos agradecidas y asustadas a la vez.

Para los residentes ver el camión y los militares fue como revivir la guerra. Alguno de ellos no se había dado cuenta de que llevábamos semanas luchando contra un enemigo al que no nos sabíamos enfrentar.

La geriatra me llama todos los días y vamos decidiendo cómo actuar, desde una infección de orina que se decide aislar por si da fiebre, a una gastroenteritis; comienzan nuestras pequeñas patologías que parecían apagadas durante el confinamiento. Un residente se levanta mal. Miro la tensión arterial, está en límites bajos y satura mal. Está afebril, pero se niega a ingesta. Llamo al doctor: “varón, 98 años”. Le digo las constantes y decidimos aislarle y esperar. Sabemos que puede ser el final, pero en este momento dudamos de si pudo contraer esta nueva enfermedad. Hablo con la familia y mis ojos se llenan de lágrimas.

“Confiamos en ti, sabemos que vas a hacer todo lo posible. Mi padre es muy mayor y sabía que este momento iba a llegar. Solo te pido que no lo dejes solo, aunque si eso supone un riesgo para ti, no lo hagas, no quiero que te pase nada. Mi padre ha vivido su vida y no queremos que te expongas a un peligro. Tú eres joven y tienes una familia, ¡cuídate por favor!”.

Cuelgo el teléfono. Lloro y me cuesta respirar. Me seco las lágrimas y entro en la habitación. No tiene fiebre, constantes igual, pero la respiración se va haciendo más lenta, es el final. Canalizo una vena y le pongo un suero. Mientras, le hablo de aquella vez que estuvimos en el jardín, en verano. Su hijo estaba con nosotros. Le hago una broma y parece que una sonrisa asoma por su rostro. Un sudor frío me recorre la espalda. Por encima del uniforme llevo una bata de plástico, unas gafas sobre de las mías y una pantalla, un gorro y doble guante. Tengo calor, se me empañan las gafas, me cuesta tragar saliva. No sé cuánto tiempo llevo sin beber, pero no me puedo quitar el EPI. Solo pienso: “un día menos para llegar al final de la pesadilla”.

Veo a otra residente mirando por la ventana hacia el infinito. Le hablo, pero no me mira. Le toco el brazo. “Echo de menos a mi hija”. Cojo su móvil, la llamamos y se me encoge el corazón. Le pregunta a su hija si está bien, si ha comido y le dice que se cuide, que ya es mayor. Y nos reímos. Realmente necesitamos un abrazo, aunque no nos lo podemos dar. Sonreímos y seguimos cada una con su camino, pero más unidas. Sabe que puede venir a mi lado cuando necesite llamar. No quiero que se sientan solos. Me lo prometí el día que firmé el contrato, no iba a permitir que nadie sintiese dolor o soledad. Porque nuestros mayores deben tener un final tranquilo y digno.

Son las 15:00 h y termina mi turno. Me quito el pijama, me pongo mi ropa y subo al coche. Respiro y el miedo me invade: ¿y si tengo el virus y me lo llevo a casa? Allí me espera mi familia, mi hijo, mi marido, mis padres. ¿Y si tengo el virus y los contagio? ¿Y si me contagio en casa y lo llevo al trabajo? Pienso en irme de casa, en quedarme a dormir en la residencia, en separarme de mi familia. ¿Y si me llaman y me dicen que mi hijo se encuentra mal? Subo el volumen de la radio y me voy a casa.

Llego a mi casa y me desnudo en la puerta, meto la ropa en una bolsa y va derecha a la lavadora. Me ducho y me acerco a mi hijo, quien pregunta: “¿Aún me quieres? ¿Por qué no me das besos?”.

He marcado una distancia, nada de besos, no compartimos nada. Es muy complicado, le hablo con dulzura, pero no puedo contestar a sus preguntas. No sé cuándo va a terminar esto, no sé si me voy a contagiar o no. Hasta que por fin nos hacen las famosas PCR. Después de tres días nos dan los resultados: tanto el personal como los residentes somos negativos. Llego a casa y abrazo a mi hijo. Realmente no sé si ese día estoy contagiada o no, pero no aguanto más. No puedo vivir con esa angustia, y empezamos a valorar el riesgo, a vivir con ese miedo y con la incertidumbre de lo que pueda pasar.

Han sido días duros, pero me siento bien. Después de nueve meses de pandemia no hemos tenido ningún residente positivo, aunque somos conscientes de que podría pasar.

Sé que la ciencia está trabajando, que todas las pandemias han pasado y que esta también pasará. Pero ¿a qué coste?

Expósito Abeledo M. Covid-19. Recuerdos del principio de la pandemia. Metas Enferm sep 2021; 24(7):79-80

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