Diario de una asintomática

Viernes, 1 de octubre de 2021

He dado positivo. Desde que empezó la pandemia nunca había estado tan cerca del “enemigo”, ni siquiera cuando trabajé con él cara a cara en urgencias este verano. Esta vez me ha convertido en un número más de su larga lista. Todo comenzó un lunes, cuando mi pareja empezó con febrícula. En un primer momento no quise alarmarme, ya que ahora parece que solo reina un virus y le damos el honor de ser el culpable de todas las cosas que nos pasan. Aun así, quizá por mi faceta en proceso como enfermera, le advertí que si aumentaban los síntomas llamara a su médico de cabecera.

El martes no fue un día de buenas noticias. Acudí como todos los días a mis prácticas de Enfermería en quirófano. Era una mañana tranquila que se vio alterada: cerraban los comercios que tuvieran más de 2.000 m2, bares, ocio, etc. Es decir, uno de los daños colaterales de la COVID-19 volvía al acecho. Por la tarde, tras hablar con mi pareja que no iba a mejor, se sumaba la noticia de un brote de ocho positivos en su clase. Fue a hacerse la PCR en cuanto pudo, esa prueba de diagnóstico tan odiada como el bicho que trata de detectar.

Mi cabeza en ese momento era un mar de dudas entre seguir mis prácticas tan deseadas y necesarias, o sacrificarlas, al igual que probablemente mi “libertad” si este daba positivo. Acabé optando por la segunda opción, ya que la primera iba contra mis valores, moral y futura profesión, en la cual es tan importante cuidar como proteger. Decidí comenzar un confinamiento voluntario ya que me encontraba bien, pero podría ser parte de ese 20% asintomático de la población, o quizá estaba en un periodo de incubación.

El miércoles por la tarde se dio a conocer la primera persona positiva de mi círculo cercano, la próxima sería yo misma. Supongo que debido al colapso de los hospitales no recibí ninguna llamada de los rastreadores, esas personas que como su nombre indica van a la búsqueda y encuentro de posibles positivos, por lo que me vi obligada a llamar para gestionar mi PCR lo antes posible.

Logré que una de las llamadas fuera contestada, aun así no me pusieron muchas facilidades. Me dijeron que fuera por la mañana a mi centro de salud asignado, puesto que ellos no se encargaban de esto.

El jueves en el centro de salud lo primero que me dijeron era lo que me esperaba: “no tenías que haber salido de casa”, una frase tan repetida, pero con un valor resolutivo bastante escaso a mi parecer. Al final conseguí hablar con uno de los administrativos que por fin me daba una solución sanitaria: me llamaría y me daría cita para una PCR. El viernes mi médica me dio cita por teléfono, en la cual en 20 minutos tenía que acudir al centro de salud para hacerme la prueba. Fueron los 10 segundos más largos de mi vida.

Para añadirle un poquito más de aventura a esta historia he de decir que convivo con dos compañeras que además estudian conmigo, por lo que, cual efecto dominó, ellas se verían afectadas también. Como era de esperar la noticia no les sentó nada bien y quizá ese fue el primer momento en el que me sentí “una apestosa”, como si tan solo mirarme fuera contagioso, y eso que todavía no sabía mi resultado.

Sábado 8:34 h. Casi miro el resultado antes de abrir los ojos. Positivo. El primer segundo no me lo creo. Vuelvo a mirar. Positivo, efectivamente. De forma automática me empieza a doler la cabeza y parece que una piedra me esté oprimiendo el pecho y no me deje respirar. Ansiedad. Podríamos darle el honor de ser el primer síntoma de una asintomática.

Bien por respetar la distancia de seguridad o bien por cobardía decido contarles a mis compañeras mi inesperado resultado por el grupo de Whatsapp. Sus reacciones, una vez más, me hacen sentir mal, pero es en ese momento cuando, a pesar de sentirme un desecho social sin síntomas, empiezo a practicar mi empatía por los demás. Es mala suerte que siendo responsable me haya contagiado, pero aún es más frustrante cómo por otra persona te ves arrastrada a tener que llevar un confinamiento. Las entiendo. Lo asumen lo mejor que pueden. No las culpo.

Comienzan mis 15 días de confinamiento, o 10. ¿Contarán los tres días voluntarios que he cumplido ya? Sean los que sean, me toca hacerme a la idea de vivir en estos tres metros cuadrados durante un tiempo, procurando hacer que cada día no parezca el mismo.

23:40 h. Daba este día por terminado, cuando de repente una parte del colchón se hunde hacia abajo. Por primera vez me río. Esto no puede estar pasando. Mi mayor aliada se derrumba. Acabo por sustituir la pata rota por una cazuela. Ahora sí, buenas noches.

Domingo 9:15 h. Acabo de salir de la ducha. Escucho llorar a mi compañera, su habitación es contigua a la mía. Debo admitir que en ese instante no sé qué hacer. Pasado un minuto decido llamarla, ya que no me puedo acercar a ella y mi sentimiento de culpabilidad va en aumento. Su abuela ha fallecido. No puedo abrazarla. No puede irse con su familia. Todo por mi culpa. Tiene que llorar sola, o con la única compañía de mi otra compañera. Aislamiento social. Mi segundo síntoma.

Antes de recurrir al alprazolam que tengo en la mesilla, me dispongo a buscar una cura alternativa. Organizo mi día: deporte, escribir, tareas de clase. No quiero que la locura acabe siendo mi diagnóstico final.

Reflexión de las 18:44 h. Soy asintomática, pero ¿hasta qué punto es bueno? Desde el punto de vista egoísta, no sufro, se podría decir que estoy a salvo de las atrocidades que me podría llegar a hacer ese bicho, soy inmune a sus ataques, pero no deja de convertirme en un arma letal, una fuente de contagio invisible. Me pone histérica pensar que podría contagiarme en un simple supermercado haciendo la compra, y seguir mi vida como si nada, pudiendo a partir de ese momento afectar a la de los que me rodean tan solo por mi presencia. Me siento rara.

21:08 h. Estoy pensando en practicar el procedimiento de las vías periféricas conmigo misma.

Miércoles 12:35 h. Lo sé. Me he saltado dos días. No podía más. Estoy enfadada con todo lo que me rodea. También estoy triste. Pienso en todas esas personas que en 2020 han muerto solas, sufriendo física y emocionalmente de manera que no me quiero ni imaginar, viendo a personas enmascaradas entrar y salir de la habitación, evitando el contacto y permaneciendo en esta el menor tiempo posible para cuidarle, seguramente cuidados paliativos. Y no me olvido de la otra cara de la moneda, personas que han sido como caballeros sin armadura, en unas condiciones pésimas, sin los EPI necesarios. Al igual que la fuerza emocional que han demostrado tener y las sonrisas que han tenido que transmitir con la mirada, solo para que los últimos días de alguien, de los tantos, fuese un poquito mejor.

13:45 h. Me ha llamado mi médica de cabecera. El sábado soy libre. Hasta que le digo que soy estudiante de Enfermería y que estoy en prácticas. Me manda quedarme en casa hasta el lunes, que me hagan un test de anticuerpos. Qué poco ha durado mi libertad.

Le doy alguna vuelta y no entiendo cómo mi “encarcelamiento” se ha prolongado solo por estar de prácticas. “Por bocazas”, pienso en un primer momento. “Haz bien las cosas, futura enfermera”, pienso después.

Martes 9:10 h. Mi resultado no es el esperado, no he generado los anticuerpos necesarios. Aun así, me dan el alta y me recuerdan tener mayor protección. Un desastre.

9:30 h. Estoy en la calle. Respiro. Con mascarilla.

Pérez Machín A. Diario de una asintomática. Metas Enferm jul/ago 2021; 24(6):79-80

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