Dime palabras bonitas al oído

Viernes, 2 de abril de 2021

Comenzar este relato con un “érase una vez” parece que sea un escrito para niños, pero mi historia es la de una niña mayor que no quiso o no pudo crecer, se quedó en los mundos de Peter Pan y vivió, al parecer, feliz.

La vida de Anna es la vida de muchas personas de la postguerra española, una etapa llena de obstáculos y penurias donde el abastecimiento de las primeras necesidades era nulo. Anna en aquella época tendría 6 años y era bastante espabilada. Era la mayor de tres hermanos, se encargaba del cuidado de estos mientras sus padres trabajaban en lo que podían para alimentar a su prole. Casi siempre, por no decir siempre, era insuficiente, y los pequeños sufrían de malnutrición. Aquellos tiempos eran otros tiempos, la mortalidad infantil era muy elevada y las familias sufrían para sacar adelante a los pequeños.

Anna perdió en el camino a dos de sus hermanos y lo vivió como una madre que ve impotente cómo la señora de la guadaña se lleva una parte de su vida. Anna era demasiado pequeña para tal responsabilidad de vida, pero no tuvo tiempo de sobreponerse, al cabo de poco tiempo tuvo que enfrentarse a la pérdida de su madre. En este caso, el sentimiento de pérdida no lo vivió tan dramáticamente, quizás porque su madre nunca tuvo tiempo para ella, no recibió abrazos, no recibió cariño verdadero, no recibió palabras bonitas al oído; solo recibió órdenes, responsabilidades y tareas de persona mayor, pero nunca vivió una infancia normal. Vivió como una adulta en un cuerpo de niña.

Iban pasando los años, pero Anna se quedó en los 10. No quiso o no pudo desarrollar una etapa de crecimiento normal, se quedó anclada como un barco varado en la orilla. Su hermana pequeña y su padre siguieron una vida normal, con sus altos y bajos, pero Anna se quedó retrasada en una infancia ficticia o no para ella. Eran otros tiempos, quizás con un tratamiento psicológico adecuado Anna se hubiera recuperado, pero no había dinero en aquella época para esas enfermedades mentales.

Prosiguió su vida acompañada de su padre hasta que este falleció y el Estado se hizo cargo de Anna. En esta fecha tendría 50 años.

Cuando yo la conocí como mi paciente, Anna tenía 65 años, estaba muy desmejorada para su edad y se había fracturado el fémur, por lo que la tenían que operar. Al hablar con ella me sorprendían sus conversaciones, eran muy infantiles, desordenadas en el tiempo. Era como hablar con una niña de 10 años. Su cuidadora me explicó su historia y la verdad es que me estremeció la vida singular de esta mujer-niña. A su lado aprendí canciones de la guerra y la postguerra, aprendí cómo era el día a día de esta mujer y comprendí los resortes de la mente para aliviar el dolor propio y el ajeno.

Anna siempre me cogía de las manos fuertemente para no soltarme nunca y se acercaba a mi cara diciéndome “dime palabras bonitas al oído”, yo se las decía y le mostraba mi cariño. Anna mostraba entonces una sonrisa de oreja a oreja y se quedaba tan complacida que enseguida se dormía como un bebé. Quise comprender que en esos momentos yo ejercía el papel de madre que la protegía y de esa protección nacía la seguridad, el cariño y los sentimientos que una madre debe tener por sus hijos; pero también entendía la otra postura, la de una madre que ha de sacrificarse por alimentar a sus hijos y no tiene tiempo necesario para establecer relaciones de amor porque son otras las prioridades básicas. Es una posición ardua.

Todo el tiempo que estuvo ingresada fue feliz en su mundo y como profesional tuve la inmensa suerte de conocer a mi niña Anna que me hizo sentir madre y que me permitió aprender tiempo después, cuando tuve a mi hija Blanca, a decirle palabras bonitas al oído.

Quiero dedicarle este recuerdo y la emoción que siento todavía hoy al pensar en ella. Durante mi ya dilatada vida profesional he cuidado a muchas personas y podría decir que de casi todas he aprendido algo.

En muchas ocasiones me han enseñado a mirar y a comprender, de muchos modos diferentes, la vida y la salud, así como la enfermedad o la muerte, y a afrontar esos hechos o a aceptarlos con amor, valentía, coraje, resignación o, incluso, sufrimiento, pero siempre, o casi siempre, con dignidad.

Por eso, a todos ellos, gracias.

Bernal Pérez F. Dime palabras bonitas al oído. Metas Enferm feb 2021; 24(1):79-80

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